Cuenta regresiva

Por Federico van Mameren.

25 Noviembre 2003
La cuenta regresiva del primer mes de gestión está en marcha. El sábado se cumplen 30 días desde que asumió José Alperovich.
El vértigo del primer mandatario aturde a más de un funcionario. La desesperación por mostrar un cambio respecto del gobierno anterior está cumplida.
Ese proyecto se basa en dos hechos centrales. Por un lado, la gestión Alperovich busca demostrar un ritmo diferente. Aparece en todas partes cuando no está en Casa de Gobierno. Julio Miranda se refugiaba en algún hotel, cuando no quería mostrarse en su despacho. Por el otro, el actual mandatario subraya cuantas veces puede que su gestión es transparente, y siempre se desliza alguna crítica hacia los actos irregulares del mirandismo que escandalizaron más de una vez a la población tucumana.
Obviamente, esta última postura de Alperovich crispa al propio ex gobernador y a sus muchachos.

Varios popes justicialistas
Como reacción,el mirandismo sigue aceitando su operativo. El actual senador desde el Congreso hace cortes transversales. Por un lado, señala a Fernando Juri como el gran mirandista. Pero, a la vez, tira líneas hacia otras figuras del peronismo para ir armando una oposición dentro del mismo justicialismo.
Alperovich hasta ahora no tiene una oposición estructurada. El bussismo, que habría podido serlo después del triunfo del 26 de octubre, está demasiado ocupado por su líder Antonio Bussi antes que por pronunciarse sobre las acciones del gobierno actual.
Desde el alperovichismo buscan crear una línea interna en el PJ. De hecho hubo una curiosa reunión promovida por Teresa Felipe de Heredia con la esposa del mandatario, Beatriz Rojkés, en la misma sede del justicialismo.
Alperovich corre el riesgo de equivocarse y de entrar en el mismo juego al que lo invita el mirandismo. Su discurso de cambio cuaja en la sociedad como para enredarse en la madeja que teje sin prisa y sin pausa Miranda.

En el haber
A la hora del balance, el alperovichismo pone en el "haber" la visita que hizo en Casa de Gobierno el propio arzobispo Luis Villalba. En la misma columna está anotada la designación de un intendente peronista en la capital.
Ambas fueron jugadas estratégicas que le dieron oxígeno al gobernador. Sin embargo, es tal la velocidad que el mandatario le imprime a su gestión que ni siquiera se permitieron tiempo para aprovechar esos triunfos políticos que se dieron tal cual los proyectaron. Duraron apenas horas. En la desesperación por mostrar acción, Alperovich y su equipo no tuvieron posibilidades ni de festejar. Ocurrió lo mismo cuando vino a la provincia Raúl Castells, quien no tuvo el éxito esperado e incluso se fue mascullando bronca por la respuesta que le dio el Gobierno provincial. También fue evaluado en la Casa de Gobierno como una victoria. El propio ministro de Seguridad, Pablo Baillo, dio vía libre para que se detuviera a un conocido operador del topismo y no cedió a las presiones del sector político en el que alguna vez militó.
Sin dudas, estos logros muestran una política de cambio. Lejos de ser explotados por el Poder Ejecutivo, se diluyen rápidamente e incluso quedan en el olvido; por ejemplo, el paro docente, episodio en el que el Gobierno quedó preso de una interna gremial más que de un problema central para la gestión.
Los desaciertos del turístico intendente Domingo Amaya también deslucen la tarea que pueda estar bien hecha en la Casa de Gobierno, aunque se trate de algo que debiera ser independiente a la gestión de Alperovich.
La cuenta regresiva está en marcha y del balance se desprende cierta candidez en la gestión donde parecen cotizar más los yerros que los aciertos.

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