Alfredo Alcón

A los largo de seis décadas, representó casi todos los clásicos: desde Ibsen hasta Strindberg. No se privó de nada: ni siquiera de elegir el lugar de su muerte, evitando los cables y los aparatos

ANHELO. “Creo que por lo menos uno debería vivir 200 años”, había dicho Alcón en una entrevista. la gaceta / foto de inés quinteros orio (archivo) ANHELO. “Creo que por lo menos uno debería vivir 200 años”, había dicho Alcón en una entrevista. la gaceta / foto de inés quinteros orio (archivo)
20 Abril 2014

Por Marcos Rosenzvaig - Para LA GACETA - Buenos Aires

La muerte de un actor no resiste lugares comunes como: se fue de gira. Yo creo que no, y es que sostengo que los grandes no continúan actuado en el cielo, sino que allí se encuentran con su verdadero ser, demasiado prestado a tantos personajes. Se trata de un descanso y de una larga reflexión a una extensa y maravillosa carrera, esa es la aventura de estirarse sobre cómodas nubes de algodón.

Alfredo Alcón fue de aquella clase de actores que provocaba identificación o rechazo para quienes éramos jóvenes estudiantes de teatro. Un discípulo que no se precie de rebelde no es tal, es algo así como un requisito ser contestatario, y la polémica -hoy, para mí, inocente- giraba en torno a cuánto había de verdad y de sobreactuación en su técnica. Nuestros maestros de entonces nos hablaban de presencia escénica y nadie sabía explicarme qué cosa era esa presencia, hasta el día que, teniendo 14 años, vi por primera vez a ese monstruo sagrado haciendo Romance de lobos, de Valle Inclán. Su energía irradiaba la escena y la platea en un todo armónico con su cuerpo y su voz.

Esa misma energía la mantuvo hasta la última representación de Final de Partida, de Samuel Beckett, o jugando la comedia dramática en el rol de Enrique IV, de Pirandello, y el Rey Lear, de Shakespeare. Representó casi todos los clásicos: desde Ibsen hasta Strindberg. No se privó de nada: ni siquiera de elegir el lugar de su muerte, evitando los cables y los aparatos.

Fue lentamente acostumbrándose a la muerte, y para eso, decía Montaigne, no se puede hacer otra cosa que acercarse a ella. Hubiese preferido abandonar la vida dentro de esa cuarta pared invisible que separa la verdad de la ilusión, respirando la tensión de la platea y el enigma que esconde un escenario.

A lo largo de mi vida teatral vi pasar a numerosos artesanos del teatro que rápidamente se transformaron en cuentapropistas teatrales, artistas cooptados por el sistema y devenidos en jocosos peones del glamour. Pero lo que siempre escaseó, y actualmente más que nunca -salvo Julio Chávez, entre los pocos que recuerdo- es la clase de actores fiel a sus ideales y sinónimo de buen teatro a lo largo del tiempo. Alfredo Alcón, a quién despido hoy, se cuenta entre esos pocos.

Tan poco y tanto

“Es muy corta la vida. Se tarda tiempo en aprender a caminar y hablar, y cuando nos dimos cuenta ya empezamos a olvidarnos de las cosas y al poco tiempo morimos. Yo creo que por lo menos uno tendría que vivir 200 años”, dijo Alcón en un reportaje. Ese poco tiempo fueron 83 años y el privilegio de estar 60 sobre un escenario.

Fue de la clase de actores que jamás se conformaba o se apresuraba a sentir algo como resuelto. Eso es entre otras cosas lo que diferencia un actor profundo de otro superficial. Dejó una huella de sobriedad imborrable interpretando cerca de 40 películas. Obtuvo, entre muchos otros galardones, el Premio al mejor actor en el Festival de Cine de Cartagena por su trabajo (Erdosain) en Los siete locos, y el Premio Cóndor de Plata al mejor actor por sus sendos protagónicos en Los inocentes y Martín Fierro. Estuvo cerca de otros talentos, como Leonardo Fabio, interpretando Nazareno Cruz y el lobo. Y en el 2005 la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina le otorgó el Premio Cóndor de Plata a la trayectoria.

Hay grandes escritores, actores o plásticos que se marchan sin reconocimientos en vida. No es el caso de Alcón, por suerte. Se va un grande con el tributo de un pueblo que lo aplaudió en el cine y en el teatro: ¡adiós, Alfredo!

Confieso que me hubiese gustado decirte “hasta la victoria”, pero te dejo esa deuda para el próximo cielo.

© LA GACETA

Marcos Rosenzvaig - Dramaturgo, director teatral, doctor en Letras.

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