24 Noviembre 2003 Seguir en 
A menudo, algún accidente con características especialmente dramáticas pone de relieve, por si hiciera falta, la suma de riesgos que encierra la calle, y a los cuales distamos mucho de haber tomado el peso que realmente tienen. Para nadie es un secreto que tanto peatones como automovilistas obran, en demasiadas oportunidades, con olímpico desprecio de las normas que rigen ese punto y de las que dicta la prudencia más elemental, creando eventualidades que pudieran quitarles la vida o lesionarlos gravemente.
A cada momento estamos viendo cómo, no bien cae la noche y desaparecen los varitas, muchos automovilistas y motociclistas incrementan notoriamente la velocidad de sus vehículos, aun en las calles del centro y sin tomar en cuenta la cantidad de peatones que cruzan la calle. Las bocacalles se atraviesan demasiado rápido, para no hablar de la frecuencia con que se ignoran, en calles y avenidas, las indicaciones de los semáforos.
Todo esto, como es de imaginar, adquiere sus características más inquietantes durante la noche de los sábados. Es entonces cuando, al ver pasar vehículos guiados de esa manera, puede considerarse verdaderamente milagroso que no ocurran más accidentes que los que suceden en la realidad, ya que la cuota de irresponsabilidad que se está poniendo crea todas las condiciones para las tragedias.
Pero el cuadro de peligro no es solamente nocturno. A lo largo de todo el día está presente también otro factor, que es el de la persistente imprudencia de los peatones. En efecto, el transeúnte de nuestra capital se coloca, a cada rato, en situación de sufrir un accidente. Bien sabemos que es un hábito común cruzar las calzadas a cualquier altura de la cuadra, en lugar de hacerlo por la esquina, como corresponde. Inclusive, hay personas que cruzan la calle distraídas, y hasta mirando en sentido contrario a la dirección del tránsito, justo cuando la luz verde del semáforo ha puesto en movimiento a una masa de vehículos.
Estos cruces irregulares se practican, además, sorteando una serie de otros peligros. La imprudencia más común consiste en introducirse por los pequeños espacios entre los autos estacionados, sin pensar que el movimiento imprevisto de alguno de la fila podría significar el destrozo de las piernas del imprudente. El descenso de los ómnibus sin mirar hacia atrás, o el cruce por frente de estos sin comprobar si viene algún vehículo que aún no se divisa, son -a título de ejemplo- otras osadías que integran la conducta normal de nuestro peatón.
Vistas así las cosas, nos encontramos con que los integrantes de la relación callejera están en falta. El conductor no guía su vehículo con prudencia y con ajuste a las normas, por un lado; y, por el otro, quien circula a pie también desdeña los recaudos normativos y de seguridad. Es evidente que una situación de esa índole está creando, constantemente, el marco para la producción de episodios lamentables que ocurren reiteradamente y que podrían evitarse.
Nuestra ciudad tiene, como sabemos, un muy importante parque automotor, y un tránsito caracterizado por el volumen y el nerviosismo. Tales elementos están marcando la necesidad de una actitud de mesura y de sentido común, por parte de quienes circulan por las calles durente la jornada. No es posible que muchos sigan arriesgando su integridad física y la de los demás. El poder del Estado debe intervenir de modo enérgico, a los fines de modificar una realidad peligrosa, cuyas consecuencias se reflejan a diario en la crónica policial. La acción municipal no es suficiente. Por las noches, debiera tener intervención directa la Policía.
A cada momento estamos viendo cómo, no bien cae la noche y desaparecen los varitas, muchos automovilistas y motociclistas incrementan notoriamente la velocidad de sus vehículos, aun en las calles del centro y sin tomar en cuenta la cantidad de peatones que cruzan la calle. Las bocacalles se atraviesan demasiado rápido, para no hablar de la frecuencia con que se ignoran, en calles y avenidas, las indicaciones de los semáforos.
Todo esto, como es de imaginar, adquiere sus características más inquietantes durante la noche de los sábados. Es entonces cuando, al ver pasar vehículos guiados de esa manera, puede considerarse verdaderamente milagroso que no ocurran más accidentes que los que suceden en la realidad, ya que la cuota de irresponsabilidad que se está poniendo crea todas las condiciones para las tragedias.
Pero el cuadro de peligro no es solamente nocturno. A lo largo de todo el día está presente también otro factor, que es el de la persistente imprudencia de los peatones. En efecto, el transeúnte de nuestra capital se coloca, a cada rato, en situación de sufrir un accidente. Bien sabemos que es un hábito común cruzar las calzadas a cualquier altura de la cuadra, en lugar de hacerlo por la esquina, como corresponde. Inclusive, hay personas que cruzan la calle distraídas, y hasta mirando en sentido contrario a la dirección del tránsito, justo cuando la luz verde del semáforo ha puesto en movimiento a una masa de vehículos.
Estos cruces irregulares se practican, además, sorteando una serie de otros peligros. La imprudencia más común consiste en introducirse por los pequeños espacios entre los autos estacionados, sin pensar que el movimiento imprevisto de alguno de la fila podría significar el destrozo de las piernas del imprudente. El descenso de los ómnibus sin mirar hacia atrás, o el cruce por frente de estos sin comprobar si viene algún vehículo que aún no se divisa, son -a título de ejemplo- otras osadías que integran la conducta normal de nuestro peatón.
Vistas así las cosas, nos encontramos con que los integrantes de la relación callejera están en falta. El conductor no guía su vehículo con prudencia y con ajuste a las normas, por un lado; y, por el otro, quien circula a pie también desdeña los recaudos normativos y de seguridad. Es evidente que una situación de esa índole está creando, constantemente, el marco para la producción de episodios lamentables que ocurren reiteradamente y que podrían evitarse.
Nuestra ciudad tiene, como sabemos, un muy importante parque automotor, y un tránsito caracterizado por el volumen y el nerviosismo. Tales elementos están marcando la necesidad de una actitud de mesura y de sentido común, por parte de quienes circulan por las calles durente la jornada. No es posible que muchos sigan arriesgando su integridad física y la de los demás. El poder del Estado debe intervenir de modo enérgico, a los fines de modificar una realidad peligrosa, cuyas consecuencias se reflejan a diario en la crónica policial. La acción municipal no es suficiente. Por las noches, debiera tener intervención directa la Policía.







