Confieso que Silvia -le digamos Silvia- me hizo sentir culpable, un sentimiento casi tan oscuro como los celos, que habría que evitar de todos los modos posibles. Ella, una completa desconocida, me hizo sentir culpa.
Silvia ha cambiado de trabajo hace algunos años. De atender a los alumnos desde atrás del mostrador ha pasado a armar la madeja para tejer el interminable trámite que, después de dos (o tres, o cuatro) años, termina con un ex alumno recibiendo su título universitario. Recibe papeles, lleva papeles, firma papeles, envía papeles, recibe más papeles y los hace firmar una y otra vez.
En su puesto anterior, Silvia no tenía tanta buena onda como la que tiene ahora. Si en el pasado trataba de desocuparse lo antes posible de los alumnos, ahora es ella quien persigue a los egresados, uno por uno, para que vayan a buscar sus títulos. Y no sólo eso. Cuando llega el momento de la jura frente a la autoridad máxima de la Facultad, después de las palabras improvisadas -y quizás de compromiso-, Silvia rompe el hielo con un aplauso que necesariamente se contagia.
Y también hace política:
- No entiendo por qué ha demorado tanto en venir a buscar su título, señor Marengo -dice Silvia, nuevamente en su oficina cubierta de papeles, después del solemne y express acto de entrega de títulos.
- Será porque me fui un poco enojado con la Facultad...
- ¿Enojado? ¿Enojado por qué? -pregunta Silvia mirando por encima de sus anteojos de leer.
- Enojado porque hemos sufrido muchas faltas nosotros. Falta de bancos, de aulas, de profesores...
- Pero usted no puede estar enojado. Esta es una universidad pública ¡bancada con la plata de los laburantes como usted y como yo! Los la-bu-rantes, señor Marengo. Con cada palabra, Silvia levanta temperatura y mete miedo.
- Bueno, Silvia, pero cada uno vive las cosas como puede, como le sale...
- Mire, no sé. Haga lo que quiera. Pero no se puede ir enojado. Y por favor, aproveche y pase por aquella oficina y anotesé para votar como egresado.
Sigo pensando que cada uno siente y vive las cosas como puede. Pero Silvia me hizo sentir culpable. Después de esa charla de adoctrinamiento cívico-estudiantil, y pensando que quizás ella ni siquiera tuvo la educación universitaria que ahora banca con su la-bu-ro, me acomodé el rollo con el título debajo del brazo y me fui de la Facultad.
Silvia ha cambiado de trabajo hace algunos años. De atender a los alumnos desde atrás del mostrador ha pasado a armar la madeja para tejer el interminable trámite que, después de dos (o tres, o cuatro) años, termina con un ex alumno recibiendo su título universitario. Recibe papeles, lleva papeles, firma papeles, envía papeles, recibe más papeles y los hace firmar una y otra vez.
En su puesto anterior, Silvia no tenía tanta buena onda como la que tiene ahora. Si en el pasado trataba de desocuparse lo antes posible de los alumnos, ahora es ella quien persigue a los egresados, uno por uno, para que vayan a buscar sus títulos. Y no sólo eso. Cuando llega el momento de la jura frente a la autoridad máxima de la Facultad, después de las palabras improvisadas -y quizás de compromiso-, Silvia rompe el hielo con un aplauso que necesariamente se contagia.
Y también hace política:
- No entiendo por qué ha demorado tanto en venir a buscar su título, señor Marengo -dice Silvia, nuevamente en su oficina cubierta de papeles, después del solemne y express acto de entrega de títulos.
- Será porque me fui un poco enojado con la Facultad...
- ¿Enojado? ¿Enojado por qué? -pregunta Silvia mirando por encima de sus anteojos de leer.
- Enojado porque hemos sufrido muchas faltas nosotros. Falta de bancos, de aulas, de profesores...
- Pero usted no puede estar enojado. Esta es una universidad pública ¡bancada con la plata de los laburantes como usted y como yo! Los la-bu-rantes, señor Marengo. Con cada palabra, Silvia levanta temperatura y mete miedo.
- Bueno, Silvia, pero cada uno vive las cosas como puede, como le sale...
- Mire, no sé. Haga lo que quiera. Pero no se puede ir enojado. Y por favor, aproveche y pase por aquella oficina y anotesé para votar como egresado.
Sigo pensando que cada uno siente y vive las cosas como puede. Pero Silvia me hizo sentir culpable. Después de esa charla de adoctrinamiento cívico-estudiantil, y pensando que quizás ella ni siquiera tuvo la educación universitaria que ahora banca con su la-bu-ro, me acomodé el rollo con el título debajo del brazo y me fui de la Facultad.








