Gustavo Martinelli
Por Gustavo Martinelli 11 Enero 2014
En un discurso ante el Foro Mundial Social, el ganador del Premio Nobel de Literatura 1998, José Saramago, relató una historia ocurrida en una aldea de los alrededores de Florencia, a mediados del siglo XVI. Si el suceso es verídico o no, poco importa. Lo que importa es que, aquella mañana de 1554, los habitantes del pueblo en cuestión se encontraban inmersos en sus labores diarias, cuando de repente comenzaron a sonar las campanas de la iglesia. Como el tañido ocurría fuera del horario de las misas y rituales religiosos, los aldeanos concluyeron que alguien había muerto o estaba a punto de morir. Entonces dejaron sus herramientas y corrieron al templo para conocer de quien se trataba. Cuando todos estaban reunidos en la plaza mayor, las puertas de la iglesia se abrieron y en el umbral apareció un campesino que había perdido sus tierras a manos de un gran señor. Asombrados, los habitantes del pueblo le preguntaron donde estaba el campanero, porque querían saber por quien doblaban las campanas. Y el campesino les dijo: “El campanero no está aquí. Yo hice sonar la campana”. “Pero, entonces... ¿no ha muerto nadie?”, replicaron los vecinos. Y el campesino, con el desánimo dibujado en su rostro, respondió: “Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado las campanas porque han muerto la justicia y la moral”.

Salvando las distancias, lo mismo está pasando en esta Tucumán del siglo XXI. No sólo por la descomposición social, el abandono de los desposeídos, el consumismo desmedido y la violencia a ultranza; también por la educación errada y la ausencia de valores. A tal punto que hemos entrado en una fase en la que, en efecto, es tan grande el desánimo que sobran las palabras, o que los términos se nos antojan huecos y vacíos de tanto ser pronunciados. Estamos, como diría Sandor Marai (el gran novelista húngaro), en uno de esos momentos en los que las palabras se han vuelto inútiles, como los monumentos: “se han convertido en ruido... su sonido se ha distorsionado”.

Y tiene razón Marai: no es el momento de las palabras. Pero tal vez sea el momento de la acción. Si, porque la Argentina requiere -hoy más que nunca- una catarsis ética. Más incluso que una recuperación económica. Precisa poder volver a confiar en aquellos que nos representan y que se erigen en portavoces de los intereses de todos. El problema es que los funcionarios y dirigentes han consumido el crédito del que hasta ahora gozaban... Y una nueva clase política no se puede improvisar. Desaparecida la confianza (que es el don más valioso en la política), el sistema aparece desnudo y tironeado entre unos dirigentes sin alma y una ciudadanía sin esperanza. ¿Cómo confiar que la ciudad podrá recuperar sus peatonales, curar sus veredas heridas y recomponer su postal de Jardín de la República, si los funcionarios operan por reacción y no por convicción? ¿Cómo puede Tucumán ser amable con los turistas si falta infraestructura y hay piquetes por todos lados? ¿Como se puede ser pujante cuando la realidad contradice cualquier promesa oficial? ¿Cómo se sale de una crisis moral e institucional que pone en cuestión los fundamentos mismos sobre los que se sustenta el sistema democrático? En sus “Discorsi”, Maquiavelo creía tener una respuesta: emprender la renovación mediante la búsqueda de un nuevo comienzo. Es decir: aplicar las reformas necesarias para evitar la corrupción definitiva. Para ello, dice el autor florentino, deberíamos volver al espíritu y las virtudes que volvieron grande a nuestro país. Sin nostalgias, pero con coraje. La justicia y la moral han muerto... pero ya no es hora de tocar las campanas: es hora de ponerse a construir. Porque a todos nos toca una parte en este nuevo y complejo escenario.

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