Hagamos terapia. Decime cómo te sentís cuando empezás a negociar con tu mujer las salidas con tus amigos. Seguro, escurridizo, ganador, con alma de cirujano plástico para embellecer lo que puede ser una dura operación facial por el sí, perdedor antes de encarar la mediación? ¿Cómo te sentís? Y vos, amiga, ¿qué decís? ¿Aceptás? ¿Le das libertad a tu marido? ¿Lo dejás convertirse en soltero por unas horas, obviamente entendiendo que él respetará la ley del amor y de la pareja? Y vos, esposo, ¿sos de darle alas a o los celos te pueden?
Cada relación habita en su propia galaxia, no hay una parecida a otra ni por las tapas. La vida es, en cierta forma, una negociación constante. Con los hijos, con los viejos, con los suegros; en el laburo, en el día a día cotidiano. Uno toma decisiones sabiendo de los riesgos existentes. Pueden ser buenos, malos o una media entre ese norte/sur. Los adultos nos debemos a eso, a las decisiones, a cuidar a aquellos que dependen de nosotros. A nuestra familia. De hecho, no hay negocio marital que se resuelva sin la opinión del otro. Pensás en las vacaciones, lo hablan, igual con el colegio de los nenes, con el futuro.
Entonces, puede que de tanto remar y remar necesites un espacio, un momento que a veces nosotros nos atrevemos a llamar soledad o libertad pasajera. Queremos volver a ser los de antes, rebobinar la cinta al tiempo en que no pedíamos permiso, ni a mamá ni a papá. Y esa licencia no significa salir de farra.
Su traducción puede remitirse a unos segundos encerrado en tu propio limbo estando echado en el sillón viendo TV. Te basta con pausar la película de tu alrededor mientras vos en tu cabeza te sentís más rápido que el viento. Hagamos terapia. A vos, amiga/o, ¿qué te conforma?
Cada relación habita en su propia galaxia, no hay una parecida a otra ni por las tapas. La vida es, en cierta forma, una negociación constante. Con los hijos, con los viejos, con los suegros; en el laburo, en el día a día cotidiano. Uno toma decisiones sabiendo de los riesgos existentes. Pueden ser buenos, malos o una media entre ese norte/sur. Los adultos nos debemos a eso, a las decisiones, a cuidar a aquellos que dependen de nosotros. A nuestra familia. De hecho, no hay negocio marital que se resuelva sin la opinión del otro. Pensás en las vacaciones, lo hablan, igual con el colegio de los nenes, con el futuro.
Entonces, puede que de tanto remar y remar necesites un espacio, un momento que a veces nosotros nos atrevemos a llamar soledad o libertad pasajera. Queremos volver a ser los de antes, rebobinar la cinta al tiempo en que no pedíamos permiso, ni a mamá ni a papá. Y esa licencia no significa salir de farra.
Su traducción puede remitirse a unos segundos encerrado en tu propio limbo estando echado en el sillón viendo TV. Te basta con pausar la película de tu alrededor mientras vos en tu cabeza te sentís más rápido que el viento. Hagamos terapia. A vos, amiga/o, ¿qué te conforma?








