Queridos Melchor, Gaspar y Baltazar: Tal vez les resulte extraño recibir esta carta. Sin embargo, si hacen un poco de memoria, estoy seguro que me recordarán. Yo soy aquel niño de cabello rubio y ojos color de la ambrosía quemada, que cada año les escribía una carta pidiéndoles regalos inusitados. Era, como todos los niños de los 70: soñador y despreocupado. Habitaba el liviano presente, ignoraba el deber de la esperanza y la gravedad del recuerdo. Vivía en la más pura actualidad: casi en la eternidad. Recuerdo que mi madre me ayudaba a redactar esas misivas y se esmeraba para que yo no descubriera el secreto mejor guardado de estas fechas. ¡Cómo se reía cuando en una de esas cartas les imploré que me regalaran aquella sustancia mágica que me convertiría en el hombre invisible de H.G. Wells! O cuando les pedí un puñado de arena blanca de la Luna. Claro, nunca tuve aquellos extravagantes obsequios; pero -nobleza obliga- debo reconocer que igualmente fueron pródigos conmigo. Porque, cuatro décadas después, ya sin mi madre en este mundo, descubro que ustedes forman una parte importante de mi vida. Y que, a pesar del tiempo transcurrido y del bombardeo consumista que busca ignonar sus existencias, siguen viviendo en mi memoria gracias al entusiasmo de mi hijo. De hecho él me animó a escribir estas líneas -dubitativas y anacrónicas- para pedirles, otra vez, un regalo extraño; quizás el más insólito de todos... ¿Podrían, por favor, hacer que mi madre venga esta noche, de donde sea que esté, para leernos un cuento y cantarnos un villancico en francés? Sólo esta noche. Para enseñarle a mi hijo -su nieto- ese viejo ritual familiar que renacía en casa cada víspera de Reyes.
Porque... ¿saben... majestades?... hoy, cuando se completa la Epifanía, siento que nada tiene más valor que una celebración en familia. Como lo hacen los justos. Y como mis padres me enseñaron que cada vez que abandonamos un deseo se apaga una estrella, voy a dejar esta noche mis zapatos lustrados debajo del árbol de Navidad, junto a las zapatillas de mi hijo. Así, el universo seguirá brillando. Encontrarán también galletas de jengibre -que horneamos con mi niño- y un poco de agua fresca para los camellos. Todo lo demás es puro deseo. Un deseo que sigue tan vivo como las ofrendas de oro, incienso y mirra que le dejaron al Niño. Los espero... como siempre dormido y expectante.
Porque... ¿saben... majestades?... hoy, cuando se completa la Epifanía, siento que nada tiene más valor que una celebración en familia. Como lo hacen los justos. Y como mis padres me enseñaron que cada vez que abandonamos un deseo se apaga una estrella, voy a dejar esta noche mis zapatos lustrados debajo del árbol de Navidad, junto a las zapatillas de mi hijo. Así, el universo seguirá brillando. Encontrarán también galletas de jengibre -que horneamos con mi niño- y un poco de agua fresca para los camellos. Todo lo demás es puro deseo. Un deseo que sigue tan vivo como las ofrendas de oro, incienso y mirra que le dejaron al Niño. Los espero... como siempre dormido y expectante.
Temas
Tucumán








