Alberto Horacio Elsinger
Por Alberto Horacio Elsinger 31 Diciembre 2013
Aveces pienso en un lugar que no existe. Pero, a la vez, sé que está ahí. Imagino un mueble muy particular. Ni grande ni pequeño. Más bien elevado, angosto y cabedor.

En un estante acomodaré mis objetos predilectos. Aquellos que tantas satisfacciones espirituales y trascendentales me proporcionaron. En otro compartimento -el más amplio-, ubicaré todos los libros que leí y en el siguiente, los que me agradaría leer. En el penúltimo, los originales y las reproducciones de artículos periodísticos que alguna vez anhelé fuesen de mi autoría y en el último, sólo música (discos LP, cassettes, CDs, DVDs y pendrive). El arte de combinar los sonidos calma mis fieras e inspira y motoriza mis neuronas.

En el medio, dos cajoneras de cuatro subdivisiones cada una alojarán mis sentimientos más preciados y mis sabores exclusivos de la cocina sentimental. En la cajonera del costado izquierdo, la del lado del corazón, tendré que esforzarme para que el orgullo y la grandeza que mis hijos y mis nietos que me empalaga no atore ni rebalse la primera gaveta. En el segundo cajón, apilaré los afectos compartidos con mis padres, hermanos, familiares y amigos. En el tercero, atesoraré los sueños que aún me atrevo a consumar y blanquearé mis amores eternos, perdidos y desencontrados. Y, en el cuarto, compactaré mis vivencias -desde la niñez al presente-.

De la cajonera derecha utilizaré dos compartimentos con frascos de dulces, escabeches, conservas y manjares caseros y artesanales elaborados con las recetas que mis ancestros trajeron a esta tierra.

En las otras dos gavetas colocaré cerraduras para que el sentido común, la solidaridad, el amor al prójimo, la esperanza, la participación, el disenso respetuoso y la memoria colectiva no puedan ser saquedas por el odio, el individualismo, la violencia y el caos.

Ansío tanto este armario para el año que comenzará en horas como así también para los que vendrán después. No sólo para mi propio deleite y gratitud sino también para todas las personas sensibles de esta tierra nuestra y querida. En particular para aquellos que disfrutan con estos pequeños placeres del alma y, en general, para quienes hacen de la dignidad, la coherencia, el respeto y la valoración de la palabra la razón de su existencia. Así contagian, motivan y seducen a la mayoría. Y en tren de ser utópicamente idealista, para todos, sin excepción.

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