Los gobernantes de la Nación y de Tucumán caminan por las penumbras de mandatos que estuvieron atravesados por el éxtasis del populismo, de la simpatía popular, de los discursos encendidos y de una década con mayoría de años de vacas gordas.

En la resaca de aquellos tiempos felices, el final de año los halla literalmente con pocas luces: el retorno a los ochentosos cortes de electricidad programados enardece a una sociedad ya sobrecalentada con las altas temperaturas y con el hartazgo de problemas que taparon los logros de la kirchnerista “década ganada”. Poco importan las rimbombantes estatizaciones, la necesaria -y justa- revisión de los 70, la Asignación Universal por Hijo y otras reconocidas -y reconocibles- medidas de gobierno cuando lo esencial desaparece. Sin luz, sin agua, con inseguridad y con violencia, la penumbra se impone. Porque es -cual definición de diccionario- la “sombra débil entre la luz y la oscuridad, que no deja percibir dónde empieza la una o acaba la otra”.

Así recorren gran parte de los argentinos estos últimos metros que separan el viejo 2013 del nuevo año que asoma. Pareciera que ya nadie es tan kirchnerista como antes ni tan anti K como en otros tiempos. La urgencia por luchar contra la inflación, la preocupación por la violencia (saqueos, robos, inseguridad) y el sufrimiento que genera la interrupción de servicios básicos hizo surgir dudas y temores que habían quedado archivados tras la profunda crisis de 2001.

Ni al alperovichismo ni al kirchnerismo se les “prendió la lamparita” como para planear a largo plazo. Prefirieron pavimentar las necesidades de fondo de la sociedad con miles de obras pequeñas, que hacían falta, pero que se erigieron en instrumentos para provocar sólo impacto mediato. Y en esa golpe de efecto consiguieron votos, pero no fueron más que espejitos de colores que dejaron de brillar en cuanto los beneficiarios comenzaron a exigir más. Esa petición social superior es la que hoy ebulle con reclamos diversos:

• Los saqueos evidenciaron tres fallas profundas, como esas que provocan terremotos: hay empleados públicos mal pagados e inmanejables (los policías); hay sectores sociales desatendidos y con necesidades insatisfechas, que exteriorizan su marginalidad con violencia (los saqueos y destrozos); hay otra porción social peligrosamente armada y dispuesta a quebrar las reglas comunitarias para defender lo propio.

• Los cortes de luz mostraron que la política de subsidios millonarios, durante años, no fue suficiente para que los servicios públicos privatizados sean suficientes para todos los argentinos. No es cuestión de reventar las tarifas, pero sí de haber planificado obras de infraestructura de gran escala, a largo plazo y con la vista puesta en garantizar a la población que no faltarán ni la luz ni el agua. La intención K de no herir el humor social terminó siendo un escupitajo hacia arriba que hoy impacta en la frente de los gobernantes.

• La inflación y el desmanejo macroeconómico ya no ocupa -y preocupa- sólo a los economistas. Aquellas complejas fórmulas y gráficos que eran propias de los académicos se trasladaron a la cotidianidad de los bolsillos de argentinos de todas las clases sociales: a las más bajas no les alcanza el salario medio para alimentarse, educarse y vestirse; a las clases medias le cuesta sostener el crecimiento que sí tuvieron en esta década; y a la clase alta le genera urticaria no poder comprar dólares o viajar al exterior con la riqueza que (en su mayoría) lícitamente consiguieron.

Se termina un año convulsionado, donde los disyuntores se disparan por el calor, por los yerros de años anteriores, por la ceguera para mirar más allá de la coyuntura y por la tozudez de insistir con políticas que supieron ser exitosas y que están definitivamente agotadas.

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