Hace siete años, en un operativo de la fiscalía anticorrupción, se pescó a un secretario judicial cobrando una coima y fue exonerado, pese a que intentó comerse los billetes de la vergüenza. Un juez, muy atribulado, comentó al cronista de LA GACETA, por lo bajo: “mire usted... 300 pesos... se hace ver por 300 pesos”.
Para él, el problema no era la coima, sino la visibilidad. Si nadie lo hubiera visto, no habría habido problema, más allá de la cantidad de dinero, que en el esquema que el juez describía con esa frase, implicaba un asunto de necesidad: para poca plata, no hace falta hacerse ver. Y para mucha... Es difícil que el escándalo salga a luz. Por eso por lo general son siempre los muy necesitados quienes se hacen ver, como los varitas filmados desde un edificio recibiendo una coima. Pero la pasión por el dinero no reconoce oficios ni clases sociales. “El dinero nunca duerme”, se subtitula la película Wall Street II, cuyo protagonista, Gordon Gekko, piensa que la codicia “es lo que ha marcado la vida de la humanidad”.
El personaje encarnado por Michael Douglas es uno de los pocos ladrones de guante blanco que va a la cárcel por sus manejos con la plata ajena. Es tan adicto al poder y al dinero que necesita una píldora que le mantenga su adicción en niveles bajos, porque esa necesidad se transforma en el objeto de su vida. Es su forma de vida. Como la de los varitas que salen a diario a juntar “extras”. O los policías que salen de noche a “barrer para recaudar”, como los de la Brigada Norte, cuando detuvieron al automovilista chaqueño para pedirle plata. O los funcionarios que cobran sobreprecios en las obras públicas.
Dante, desencantado con los corruptos, los ubica hundidos en medio de un lago de brea en el infierno, atizados por demonios.
Hace un mes, el papa Francisco describió el hábito de coimear como una droga y al corrupto como un adicto que ha perdido la dignidad. Y si es adicto, ¿se puede curar? Escrachar de vez en cuando no da resultado. No importa que “se hagan ver por 300 pesos”, sino visibilizar qué droga, en la estructura del sistema, hace que la sociedad tolere la coima mientras no sale a la luz.
Para él, el problema no era la coima, sino la visibilidad. Si nadie lo hubiera visto, no habría habido problema, más allá de la cantidad de dinero, que en el esquema que el juez describía con esa frase, implicaba un asunto de necesidad: para poca plata, no hace falta hacerse ver. Y para mucha... Es difícil que el escándalo salga a luz. Por eso por lo general son siempre los muy necesitados quienes se hacen ver, como los varitas filmados desde un edificio recibiendo una coima. Pero la pasión por el dinero no reconoce oficios ni clases sociales. “El dinero nunca duerme”, se subtitula la película Wall Street II, cuyo protagonista, Gordon Gekko, piensa que la codicia “es lo que ha marcado la vida de la humanidad”.
El personaje encarnado por Michael Douglas es uno de los pocos ladrones de guante blanco que va a la cárcel por sus manejos con la plata ajena. Es tan adicto al poder y al dinero que necesita una píldora que le mantenga su adicción en niveles bajos, porque esa necesidad se transforma en el objeto de su vida. Es su forma de vida. Como la de los varitas que salen a diario a juntar “extras”. O los policías que salen de noche a “barrer para recaudar”, como los de la Brigada Norte, cuando detuvieron al automovilista chaqueño para pedirle plata. O los funcionarios que cobran sobreprecios en las obras públicas.
Dante, desencantado con los corruptos, los ubica hundidos en medio de un lago de brea en el infierno, atizados por demonios.
Hace un mes, el papa Francisco describió el hábito de coimear como una droga y al corrupto como un adicto que ha perdido la dignidad. Y si es adicto, ¿se puede curar? Escrachar de vez en cuando no da resultado. No importa que “se hagan ver por 300 pesos”, sino visibilizar qué droga, en la estructura del sistema, hace que la sociedad tolere la coima mientras no sale a la luz.
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