La demencia de la amistad, según Eduardo Wilde

A un siglo de su muerte, su producción ocupa un lugar entre los clásicos de nuestras letras, a tenor de los ensayos y las antologías escolares que así lo catalogan junto a otros autores coetáneos que, por cierto, tampoco ya nadie lee. Es preciso desempolvar de los anaqueles los ejemplares que contienen esa literatura olvidada. “Una amistad que dura -afirmaba Wilde-, no debe su duración sino a la casualidad de no presentarse la ocasión de un interés en pugna”.

FINA IRONÍA. “Tener amigos (¡quién no tiene amigos en un país en que todos somos iguales!) es la mayor de las ventajas”, escribió Wilde en “La carta de recomendación”. FINA IRONÍA. “Tener amigos (¡quién no tiene amigos en un país en que todos somos iguales!) es la mayor de las ventajas”, escribió Wilde en “La carta de recomendación”.
08 Diciembre 2013

Por Agustín María Wilde - Para LA GACETA - Tucumán

Conspicuo representante de la Generación del 80, alternó la vida pública con los escritos literarios, cuya prosa discontinua, colmada de epigramas y sátiras y con abundantes notas de escepticismo y positivismo, se expresa con singularidad en distintos relatos. En varios de ellos, a pesar de ser fragmentos aislados entre sí, aparecen referencias más o menos puntuales al tema de la amistad.

Principalmente en Meditaciones inopinadas, donde al recordar de repente la silueta de un amigo se detiene a analizar los caracteres de la amistad, desarrollando in extenso su original punto de vista. “La amistad verdadera me decía a mí mismo, desinteresada, abnegada, con todas las calidades, en fin, que le da el diccionario, es una demencia”, afirma. Y continúa: “Se suelen ver hombres que manifiestan por otros la mayor adhesión; son sus amigos en la acepción general de la palabra; pero si escudriñamos bien lo que pasa (…) un amigo verdadero es siempre un apéndice del que lo tiene y la unión dura lo que determinan generalmente circunstancias insignificantes”. “Todo antagonismo es incompatible con la amistad” ya que aniquila los sentimientos altruistas que son su base. “Por esto, una amistad que dura, no debe su duración sino a la casualidad de no presentarse la ocasión de un interés en pugna. Luego la amistad no es un sentimiento fundamental”, razona como buen “lógico de nacimiento” que decía ser.

Wilde descree, entonces, de la amistad como variante del amor perdurable cimentada en la lealtad recíproca, ya que está convencido de que las relaciones humanas no son eternas. “Su desengaño de la sociedad humana tiene (…) mucho que ver con su experiencia personal ante la ingratitud y la envidia”1. Al escribir su inconclusa autobiografía Aguas abajo, en la que rememora los años infantiles en su Tupiza natal, asegura que “la cualidad ineludible de todo ser humano es el desagradecimiento”. No obstante, parece encontrar formas de realización de los vínculos amistosos en el mundo animal: con los perros o con su caballo.

En Sin rumbo, observa: “Generalmente un perro sigue por costumbre a su amo y sin contar con él para nada, mostrando una afección que hace de cada uno de estos seres, de los perros, el modelo de la fidelidad y de la abnegación”; para lamentarse de inmediato: “Lástima grande es que los hombres busquen sus amigos, sólo cuando la adversidad los arroja a la playa, entre estos dignos cuadrúpedos y no lo hagan mientras se hallan en la opulencia, oyendo los halagos de la jauría humana disfrazada de leal y consecuente”. Esta metáfora desconcertante de la jauría humana encierra una reflexión sesuda, acaso próxima al proverbio latino homo homini lupus.

A su caballo andaluz llamado Bilde, que le regaló Máximo Paz, lo personifica en un curioso artículo anecdótico-veterinario titulado “Medicina operatoria”. Lo describe allí como un sujeto agradable, soltero, moderado, virtuoso, indiferente en materia religiosa y no perteneciente a partido político alguno; joven, entusiasta y sin ningún vicio: “no bebe, no juega, no es calavera ni pendenciero”, dice. Agrega luego: “No conozco sus opiniones sobre la sociedad y la familia, pero sí sé decir que es un amigo noble y desinteresado, como lo prueba el hecho de no haber cambiado de conducta para conmigo cuando dejé de ser ministro, a pesar del ejemplo natural y humano de varios distinguidos caballeros que no volvieron a poner los pies en mi casa”. Wilde refleja nuevamente el sinsabor que le provocaron ciertas amistades ingratas, aprovechadas, que sólo permanecieron mientras desempañaba altas funciones en la naciente Argentina moderna.

La mayor de las ventajas

La conveniencia, la ventaja embozada con el velo de la amistad es revelada por su pluma en “La carta de recomendación”, un texto que parece escrito ayer para hoy:

Para alcanzar un empleo se necesita empeños, buenas relaciones. (…)

Las aptitudes son las cualidades en que menos se piensa.

El favor, la recomendación y la condescendencia germinan de un modo alarmante y han dejado enfermiza a esta sociedad. (…)

Tener amigos (¡quién no tiene amigos en un país en que todos somos iguales!) es la mayor de las ventajas.

Los puestos en que se gana dinero circulan en un núcleo de amigos.

No se preguntan cuál es el más apto, sino cuál es el mejor recomendado.

Florencio Escardó subraya “su capacidad de libre examen, que es precisamente lo que presta a muchas de sus páginas una actualidad escalofriante”2. Por eso Wilde se propone aquí cribar el contenido de la amistad, separando lo auténtico y denunciando la existencia del mero amiguismo. “’Está en mi temperamento y está en mi estirpe, ser fiel a mí mismo’”, sostuvo en la etapa postrera de su vida y esta postura, “si se tiene talento y se ocupa puesto de vanguardia en la columna de los reformadores, se paga siempre a muy subido precio”3.

Enemistado con la dirigencia política y tras renunciar a su cargo ministerial, emprende en 1890 un largo viaje por los cuatro continentes, dejando atrás el país. En Orán (África) “evocaba (…) una época en que se creyó feliz y repetía: ‘¡Todo está lejos, lejos, lejos!, todo muerto, olvidado, seco, destruido, y hasta el poder de sentir, de marearse con ensueños agradables, está hoy oprimido por el peso de la vida real, de los años pasados, del físico decadente, del cansancio moral y de la percepción clara de la infinita miseria y anonadamiento de todo: afecciones, gloria, amor, amistades y tranquilidad suave o encantos pasajeros’”4.

Estas palabras denotan la hondura de la añoranza sentida, incluso respecto de la amistad. ¿Es que Eduardo Wilde jamás había considerado plausible esta manifestación del afecto? Independientemente de todo convencionalismo, en una carta a Miguel Cané fechada el 19 de mayo de 1884, felicitándolo por su Juvenilia, ensaya estas líneas:

Cuando uno encuentra un amigo querido por la calle lo toma del brazo, se adhiere a él, lo estrecha, le habla con afecto y sigue con él las cuadras en conversación interminable. (…)

Lo mismo hago yo con tu libro; lo tomo del brazo, lo acompaño; lo sigo y para darle la bienvenida se arma una fiesta en mi cabeza que me anima, me hace hablar, me fertiliza como el encuentro y la conversación de un buen y querido camarada, inteligente, instruido y espiritual.

Amén de la asociación del libro con el amigo, este pasaje de la misiva bosqueja una sensación amigable que sólo puede ser descripta cuando de veras se la siente. Por eso este es un testimonio asaz elocuente de que en Wilde su concepción de la amistad no es producto de un prejuicio inveterado o de un obstinado desdén.

© LA GACETA

NOTAS:

BOUILLY, Víctor E.: “Estudio preliminar”. En Eduardo Wilde, Antología, Kapelusz, Bs. As., 1970, p. 20.

ESCARDÓ, Florencio: Eduardo Wilde, 2ª edición, Santiago Rueda Editor, Bs. As., 1959, p. 18.

SOLARI, Juan A.: Generaciones laicas argentinas, Bases, Bs. As., 1964, p. 141.

MONTERO, Belisario J.: “La filosofía de Eduardo Wilde”. En Eduardo Wilde, El hipo, La Cultura Argentina, Bs. As., 1924, ps. 8-9.

PERFIL

Eduardo Wilde fue médico, político, diplomático, periodista y escritor. Formó parte de la Generación del 80. Se recibió de médico y fue cirujano en la Guerra del Paraguay. Se destacó en la lucha contra la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires, en 1871. Fue profesor de la Universidad de Buenos Aires y publicó libros de medicina. Fue elegido dos veces diputado nacional. Fue ministro de Justicia de Roca, del Interior de Juárez Celman y ministro plenipotenciaro ante Estados Unidos, durante la segunda presidencia de Roca. Publicó Tiempo perdido, Prometeo & Cía., Aguas Abajo, La Lluvia y Viajes y Observaciones, entre otros libros.

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