Y la historia que faltaba

Mankell confiesa que construyó un personaje a medida.

OBSEQUIO. Huesos en el Jardín data de 2002. El propio Mankell explica que la escribió como agradecimiento a quienes habían comprado sus novelas anteriores y se entregaba como regalo. lecturasnegras.blogspot.com.ar OBSEQUIO. Huesos en el Jardín data de 2002. El propio Mankell explica que la escribió como agradecimiento a quienes habían comprado sus novelas anteriores y se entregaba como regalo. lecturasnegras.blogspot.com.ar
08 Diciembre 2013

Policial

Huesos en el jardín

HENNING MANKELL

(Tusquets - Buenos Aires). 

No es la frutilla del postre, pero sin dudas que es un sabroso tentempié. Es que, casi de la nada, y cuando aún no nos habíamos repuesto del duelo, Kurt Wallander volvió a estar entre nosotros. El policía nórdico más famoso del mundo (tal vez ahora suplantado por el excelente Harry Hole, de Jo Nesbo) sólo pasó y dejó un “Hola, que tal”, y siguió su viaje. Pero nos hacía falta. Y por eso, el agradecimiento al enorme Henning Mankell nunca desaparecerá.

Huesos en el jardín no es una novela nueva. Fue escrita en realidad en 2002, luego de Antes de que hiele, pero nunca había sido traducida al castellano. El mismo Mankell explicó que la había escrito como agradecimiento a quienes habían comprado sus anteriores novelas, y se entregaba como regalo.

Wallander ya es el policía más experimentado de la comisaría de Ystad y su hija, Linda, también forma parte del cuerpo de investigadores.

Un compañero le ofrece una casa en el campo al inspector, quien está buscando un lugar más relajado para vivir que el ya odiado departamento de la calle Mariagatan. Y, cómo sólo le puede pasar a él, durante la recorrida de reconocimiento se encuentra con…. un cadáver enterrado en el jardín.

Demasiado humano

Si hay algo que siempre nos gustó de Wallander es su humanidad. Este hombre se cansa, jadea, duerme mal, tiene diabetes, es miedoso, le gusta la comida, rezonga todo el día. Es uno de nosotros. Lo dice el mismo Mankell en un curioso profacio que escribe al terminar Huesos en el jardín: “tuve en claro que debía crear un hombre que fuese yo y que, al mismo tiempo, fuese el lector desconocido. Un hombre que evolucionara y cambiara, tanto mental como físicamente. Al igual que cambio yo, también cambiaría él”.

En esta novela, Wallander debe, como siempre, enfrentarse a los peores crímenes del mundo. A la discriminación, a la guerra, al maltrato, al sadomasoquismo. Y para ello debe volver en el tiempo. Mejor dicho. Debe desmenuzarlo. Y le va la vida en ello. Observación, deducción y determinación. Es difícil que a Wallander se le escapen las pistas. Cuando las atrapa, es como un bulldog. Y los casos se resuelven.

Huesos en el jardín es una novelita. No es la mejor de la serie Wallander ni por lejos. Pero no por ello hay que dejar de leerla. Queremos llegar al final. Saber que Wallander descubrirá al homicida y que, luego, volverá a su somnolencia y a sus inyecciones contra la diabetes. Lo miraremos alejarse y justo antes de que se pierda de vista le gritaremos “Chau, Kurt. Gracias por todo”.

© LA GACETA

Publicidad

Juan Manuel Montero

Temas Buenos Aires
Tamaño texto
Comentarios
Comentarios