Fragmentos de un discurso amoroso

08 Diciembre 2013

NOVELA

QUÉ DIFÍCIL ES DECIR TE QUIERO

MARCOS ROSENZVAIG

(Desde la gente - Buenos Aires). 

Si Marcos Rosenzvaig, autor de Qué difícil es decir te quiero, le regalara este libro a una mujer en su primera cita a modo de presentación personal, probablemente ella nunca le daría una segunda oportunidad para verse de nuevo. Salvo que se trate de una lectora atenta que haga caso omiso a cierta literalidad prejuiciosa y se aboque a la verdadera tarea literaria que siempre tiene más que ver con el universo de lo no dicho. Ahí podría haber una coincidencia.

Marcos Rosenzvaig ha seguido una extraña carrera en su escritura. Como dramaturgo publicó más de veinte obras, arribó al ensayo con su exquisito libro sobre Tadeusz Kantor y siguió con su tesis doctoral sobre la obra de Copi y el inclasificable Teatro de la enfermedad. Su primera novela, Perder la cabeza, recientemente reeditada, postularía un estilo narrativo en el que lo teatral se despliega en el universo del lenguaje, ya que historia, acción y poesía iluminan el escenario. Algo que se acentúa en Madres…, su segunda novela, donde la estructura narrativa es aún más teatral, quizá porque roza la peripecia estridente del cómic, combinando el humor y la tragedia en una escritura siempre al borde del estallido. Qué difícil es decir te quiero sube la apuesta, ya que no es solamente teatral sino que gesta en su interior una obra de teatro, una obra que hace su despliegue desde el interior mismo de la novela; ya no es el teatro que reflexiona sobre el teatro, sino la narrativa que reflexiona sobre el hecho teatral y sobre la narrativa misma dentro del teatro. Una seguidilla de metalenguajes ensamblados en sus respectivos relatos, que avanzan como dos líneas paralelas que se unirán, paradójicamente, antes de llegar al infinito.

La novela de Rosenzvaig parece intuida a partir de la célebre aseveración barthesiana: “El lenguaje es una piel”. Así, avanza sobre tres líneas disfrazadas de voces –un escritor dramaturgo, un actor, y el personaje-protagonista que el mismo actor representa– que narran, cada una desde su punto de vista, una misma historia, pero con diferencias. El escritor se enamora de una chica, y ambos coinciden en buscar el reconocimiento que produce el éxito. Ella ofrece su cuerpo para que él cumpla el viejo anhelo de escribir su novela en la tersa piel femenina. Un chino tatuador es el encargado de llevar a cabo la tarea. Así, la novela escrita en el cuerpo triunfa en el parque de diversiones de la aldea literaria globalizada, y por supuesto también en museos que hacen del cuerpo de esta chica –algo así como una Maga de los 90– un holograma retro, es decir, un objeto impregnado de una cierta santidad laica. Es, por fin, el triunfo de la letra viva en un mundo dominado por la letra muerta.

© LA GACETA

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Marcelo Damiani

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