A medida que se acercaban las elecciones de octubre de 1983 la apertura democrática alcanzaba las celosías del pensamiento. La censura, las amenazas y la represión que habían silenciado a los artistas estaban en retirada desde Malvinas. Por esas rendijas empezaron a colarse canciones, pinturas, novelas, poesías y películas. El cine, convertido en una herramienta de propaganda por la dictadura cívico-militar, fue recuperando estéticas y discursos. Directores, actores y guionistas pusieron manos a la obra y en el año del retorno de la institucionalidad se notó un cambio sustancial.
Durante 1983 se estrenaron 20 películas argentinas. En el 82 habían sido 19 los filmes exhibidos. Desde 1976 la cinematografía nacional formaba parte del entramado comunicacional del régimen. Con las elecciones al alcance de la mano esa tendencia se revirtió.
“En los contextos totalitarios, el cine aspira a que el espectador se convierta en un observador pasivo -apunta la investigadora Magalí Francia-. De este modo anula toda posibilidad crítica o reflexiva, y censura todas aquellas expresiones que pudieran convertirse en una transgresión, tanto formal como de contenido”.
Como muestra sobra un discurso del capitán de fragata Jorge Bitleston, designado interventor del Instituto Nacional de Cinematografía. Especificó que sólo recibirían apoyo económico: “las películas que exalten valores espirituales, morales, cristianos e históricos o actuales de la nacionalidad, o que afirmen los conceptos de familia, de orden, de respeto, de trabajo, de esfuerzo fecundo y de responsabilidad social; buscando crear una actitud popular optimista en el futuro”.
En la práctica esta política se tradujo en un aluvión de comedias pasatistas, algunas picarescas -como las de Jorge Porcel y Alberto Olmedo-, musicales con figuras de la canción romántica o, directamente, filmes de propaganda como la serie de los comandos dirigida por Emilio Vieyra.
Palito Ortega y su productora Chango alimentaron el caudal de películas dedicadas a cimentar el prestigio de las fuerzas de seguridad (“Dos locos en el aire”, “Brigada en acción”) y a afirmar los conceptos de tradición, familia y propiedad (“¡Qué linda es mi familia!”). Entre productos como “Mire qué lindo es mi país”, comedias de los hermanos Sofovich, infinidad de aventuras de Tiburón, Delfín y Mojarrita y supuestas historias de “denuncia” pergeñadas con el visto bueno del régimen (“Los drogadictos”, de Enrique Carreras), algunos cineastas se las arreglaban para mantenerse activos.
Adolfo Aristarain fue capaz de hacer de “La discoteca del amor” una muy buena película y además rodó “Tiempo de revancha”. También hubo estrenos de Alejandro Doria (“La isla”, “Contragolpe”), Héctor Olivera (“La nona”) y María Luisa Bemberg (“Momentos”), junto a la coral “De la misteriosa Buenos Aires”.
En el 82 llegaron nuevos filmes de Bemberg (“Señora de nadie”), Aristarain (“Últimos días de la víctima”) y Doria (“Los pasajeros del jardín”), además de “La invitación”, de Manuel Antín, basada en la novela de Beatriz Guido. Pero la película que llamó la atención fue “Plata dulce”, de Fernando Ayala.
Protagonizada por Federico Luppi y Julio De Grazia, la trama desnudaba los negociados de la timba financiera, el dólar barato y la destrucción de la industria nacional, todo producto de la política económica implantada por el equipo de José Alfredo Martínez de Hoz. El estreno de “Plata dulce” demostró hasta qué punto la dictadura estaba en retirada. Algunos años antes, semejante crítica hubiera resultado impensada.
“No habrá más penas ni olvido”, basada en la novela de Osvaldo Soriano y con dirección de Olivera, fue uno de los estrenos más llamativos del 83. Llegó a los cines el 22 de septiembre, a pocas semanas de las elecciones, y presentó -finalmente- temas que habían sido tabú: la violencia política de los 70, las luchas ideológicas, la muerte. “Los enemigos”, de Eduardo Calcagno, encapsulaba la tensión dramática en el seno de una familia reprimida. Las metáforas desbordaban en cada fotograma.
Lentamente, con precaución, el cine recuperaba ese espíritu libertario que forma parte de su esencia y que durante años había permanecido en la oscuridad.