Perón volvía y Villa jugaba en San Martín

Juan Manuel Asis
Por Juan Manuel Asis 04 Diciembre 2013
Un 30 de noviembre, pero 40 años atrás. Era viernes, finalizaba el ciclo lectivo de 1973; terminaba la primaria para mi grupo: Rafael, Carlos, Gustavo, Rubén y Juan. Los mismos que vimos como el “Bocha” nos dejaba con una mesa de reducida por la dictatorial decisión de una maestra que no quería grupos de seis. Hace pocos días, 40 años después, sin la ingenuidad de aquellos chiquilines setentistas, con más de cinco décadas de experiencias amontonadas detrás de algunas arrugas y de más canas, nos volvimos a juntar. Aquella anécdota del gesto del “Bocha” fue el disparador para comunicarnos. Nos reunimos, nos abrazamos, reímos y arrojamos en la mesa -“picada mediterránea”, cervezas y gaseosas light de por medio- mil anécdotas de otrora. Quedaron un millón en la gatera para dejarlas escapar en otra ocasión. ¡Qué tiempos aquellos, cuarenta abriles que no volverán! Por esos días, Perón reasumía la presidencia después de superar una dolencia, ese viernes Amado Juri daba fin a las clases; Julio Ricardo Villa todavía jugaba en San Martín y una solicitada de la Secretaria de Educación rezaba: “hagamos una escuela que forme niños capaces de participar constructivamente en el proceso de liberación nacional”. Sí, mucha nostalgia, aquel normal enamoramiento por algunas maestras, apodos como el de “gata pintada”, u otros como el de “Paredón” para la de matemáticas: “te fusilaba frente al pizarrón”. O la inolvidable, y tal vez “maestra” con mayúsculas de entonces, Leontina Luna. Hubo un suceso en especial que muestra que “hijos y entenados” hubo y habrá siempre. Distante, actual, triste. A Carlos le tocaba llevar la bandera el último día de clases por tener el mejor promedio. Pero no faltó la madre de alguien, con sus regalos, sus apellidos y sus relaciones a cuestas para “negociar” con la de matemáticas una traición: ¡a un chico de 12 años! Y lo hicieron, en su propia cara, para que el “hijo de alguien bien” llevara la bandera. Injusticia por donde se la mire. Algunos, especialmente Carlos, crecimos de golpe ese día; dejábamos la primaria con un mal ejemplo de los mayores. “Formar niños”, decía el aviso. ¡Qué ironía! Pasaron 40 años, de parte de mi amigo no hay resentimiento. Y por cierto, nos quedan mejores vivencias por comentar.

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