Ellas son así. Eternas disconformes. Nunca les gusta lo que hacés. Y, -seamos sinceros- si les gusta, dicen que son ellas las que lo lograron. No sueñes con ser héroe ante ellas. Están seguras de que si lo hiciste fue porque ellas te abrieron el camino. En realidad, ellas lo lograron.
El problema es cuando no les gusta cómo hiciste las cosas. Ahí se armó el lío. Si yo te dije tal cosa por qué vos terminaste haciendo otra. Si yo te sugerí algo era porque sabía que era así: ¿Por qué lo cambiaste? Si yo quería que fuera así, ¿por qué no me escuchaste? ¿Por qué no me tuviste en cuenta? Ahora, arreglátelas solo.
Es inútil. No te pongas a explicarles nada. No lo van a entender. Para ellas las cosas son como ellas las ven. No te van a servir de nada las metáforas, ni los adjetivos curiosos. Noooo. Tampoco ensayes ninguna exageración. Perdés el tiempo, porque -volvamos a ser sinceros- ellas saben más que vos.
Aunque parecen iguales, todas son distintas. Está la que le gusta que el encuentro sea en un bar. Por lo general es en un bar. Está la que se esconde al fondo y te susurra. Casi no le entendés lo que dice. Hay otras que hablan a los gritos y vos te das vuelta para fijarte si alguien escucha. Después no importa; al fin y al cabo lo que vale es lo que te dice, lo que te cuenta.
También están las que te niegan, las que prefieren ni nombrarte. Pero no faltan las que presumen con vos y le cuentan a cualquiera que estuvieron juntos. Sea quien fuere con la que te encontrás esta semana, este día, en estas horas, ella siempre será imprescindible. Te dan aire, te entusiasman, aunque después te frustres.
En realidad ellas manejan nuestro pulso, nuestro estado de ánimo, nuestra ilusión. Mi adrenalinómetro lo manejan ellas. Mi estado de ánimo depende de ellas.
Sí, por supuesto, no dudes. Seguramente, alguna vez te va a traicionar. Es más seguro que ella te juegue mal a que vos lo hagas. Seguramente se arrepentirá, pero será tarde, vos ya no vas a escucharla.
Ayer ella llamó. Bastaron dos palabras para sentir que el camino era el correcto, que aunque no nos viéramos íbamos juntos por la misma senda. Fueron dos palabras: "van bien", dijo y colgó. Dos palabras, un mundo. Ambos sabíamos de qué hablábamos. Como siempre, con cualquiera, que en realidad es la misma, aunque sea otra. Aunque sea distinta.
Ellas son así. Pero al fin y al cabo ellas confían en nosotros y nosotros en ellas. ¿Qué haríamos los periodistas sin nuestras fuentes?
El problema es cuando no les gusta cómo hiciste las cosas. Ahí se armó el lío. Si yo te dije tal cosa por qué vos terminaste haciendo otra. Si yo te sugerí algo era porque sabía que era así: ¿Por qué lo cambiaste? Si yo quería que fuera así, ¿por qué no me escuchaste? ¿Por qué no me tuviste en cuenta? Ahora, arreglátelas solo.
Es inútil. No te pongas a explicarles nada. No lo van a entender. Para ellas las cosas son como ellas las ven. No te van a servir de nada las metáforas, ni los adjetivos curiosos. Noooo. Tampoco ensayes ninguna exageración. Perdés el tiempo, porque -volvamos a ser sinceros- ellas saben más que vos.
Aunque parecen iguales, todas son distintas. Está la que le gusta que el encuentro sea en un bar. Por lo general es en un bar. Está la que se esconde al fondo y te susurra. Casi no le entendés lo que dice. Hay otras que hablan a los gritos y vos te das vuelta para fijarte si alguien escucha. Después no importa; al fin y al cabo lo que vale es lo que te dice, lo que te cuenta.
También están las que te niegan, las que prefieren ni nombrarte. Pero no faltan las que presumen con vos y le cuentan a cualquiera que estuvieron juntos. Sea quien fuere con la que te encontrás esta semana, este día, en estas horas, ella siempre será imprescindible. Te dan aire, te entusiasman, aunque después te frustres.
En realidad ellas manejan nuestro pulso, nuestro estado de ánimo, nuestra ilusión. Mi adrenalinómetro lo manejan ellas. Mi estado de ánimo depende de ellas.
Sí, por supuesto, no dudes. Seguramente, alguna vez te va a traicionar. Es más seguro que ella te juegue mal a que vos lo hagas. Seguramente se arrepentirá, pero será tarde, vos ya no vas a escucharla.
Ayer ella llamó. Bastaron dos palabras para sentir que el camino era el correcto, que aunque no nos viéramos íbamos juntos por la misma senda. Fueron dos palabras: "van bien", dijo y colgó. Dos palabras, un mundo. Ambos sabíamos de qué hablábamos. Como siempre, con cualquiera, que en realidad es la misma, aunque sea otra. Aunque sea distinta.
Ellas son así. Pero al fin y al cabo ellas confían en nosotros y nosotros en ellas. ¿Qué haríamos los periodistas sin nuestras fuentes?
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