Albert Camus: "La luz de la belleza es la de la verdad"

¿Por qué leer sus novelas, ensayos y artículos a 100 años de su nacimiento? En la riqueza de la prosa y el fulgor de las ideas está la clave

03 Nov 2013
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"Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de cualquier cosa", confesó Albert Camus el 10 de diciembre de 1957. Su discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura -el mismo que había rechazado Jean Paul Sartre- desnudó al escritor, al pensador, al idealista. Camus se expuso en toda su humanidad, pero lo hizo con un sentido. Formuló una advertencia y a la vez un desafío. Dijo Camus:

"El papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones, en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su soledad, por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo y reemplazarlo para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte".

Pocos años después Camus murió en un accidente, viajando en auto de Lyon a París. Dejó novelas, ensayos, piezas teatrales, artículos periodísticos. El paciente armado de ese rompecabezas, letras dispersas aquí y allá, brinda un formidable resultado. De allí la necesidad de seguir leyendo a Camus, a 100 años de su nacimiento (se cumplen el jueves). Más allá de la riqueza que implica nutrirse de un escritor imprescindible, lo que de por sí es más que suficiente, queda el valor agregado de las ideas. Camus interpela al lector, lo sacude, lo lleva al límite, lo obliga a definirse, le abre los ojos, potencia sus dudas y le regala algunas herramientas intelectuales con las que pueden ajustarse tuercas del pensamiento.

Por supuesto que había contradicciones en Camus, pero también valentía. Francés nacido en Argelia, hijo de colonos, aprendió español de una madre sorda y analfabeta. De su padre, muerto en la guerra del 14, casi no le quedó registro. Se fue a París para luchar desde las sombras contra el invasor alemán. Mientras tanto, rodeado de nazis y de peligros, escribió "El extranjero". Cuando el mundo celebraba el éxito de los aliados él denunciaba el bombardeo atómico a Japón. Hacía periodismo y pensaba. Se decantaba por el comunismo pero desconfiaba de Stalin. Y no se equivocaba, por más que las convicciones sartreanas lo sumieran en una de las polémicas más famosas del siglo XX. Cada vez que los tanques soviéticos sofocaban los gritos de rebeldía, como en Alemania Oriental o Hungría, las condenas de Camus repiqueteaban en los oídos de Occidente.

"Hay una ambición que deberían tener todos los escritores: ser testigos y gritar cada vez que se pueda y en la medida de nuestro talento por quienes se hallan en servidumbre", proclamó Camus. Era un pacifista, un cruzado del derecho a la libertad, la igualdad y la fraternidad que sus mayores le habían transmitido a la humanidad. Esa militancia contra la violencia lo obligó a reclamar una tregua en la guerra por la independencia que sostenía Argelia. La izquierda francesa lo crucificó. Él era tan francés como africano y la tensión que le producía moverse entre dos fuegos lo consumió.

"No, no soy existencialista", subrayó Camus una y otra vez. Su viraje filosófico lo transportó del marxismo a un anarquismo romántico pero a la vez comprometido. Creía, por sobre todo, en la verdad y en la belleza, y definía a las religiones como celdas que condenan al hombre a un régimen de sumisión carcelaria. Las inscribía en su filosofía del absurdo.

¿Y qué hay, concretamente, del escritor? "Camus postuló por la novela como filosofía: por la literatura filosófica. Dijo que una novela no es más que una filosofía puesta en imágenes, y, que si se quería ser filósofo había que escribir novelas", apunta la española Mercedes de Vega, profunda conocedora de la obra de Camus.

Ella destaca a "El extranjero", "La caída", "La peste" y "El huésped" entre las novelas mayores de la literatura europea y las eleva a la categoría de reflexiones sobre la condición humana. "Quizás sea 'El extranjero' la novela que mejor condensa el absurdo y la indiferencia del destino y de la muerte -apunta De Vega-. Juicio, acción y castigo para poner en valor la absurdidad de la justicia de los hombres".

Del accidente que acabó con la joven vida de Camus se habla desde hace años. El auto en el que viajaba como acompañante (sin el cinturón de seguridad puesto) se estrelló contra el único árbol en cinco kilómetros a la redonda. ¿Fue el largo brazo de la tiranía soviética el que mató a Camus? ¿Una conspiración? Laberintos tan kafkianos como los que planean sobre la obra de Camus no podían faltar en su adiós.

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París
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