No fue un lunes cualquiera. Marta se despertó a las 5 para abrir la panadería, como todos los días. Pensó en sus dos hijos adolescentes, juntó fuerzas de donde pudo y se levantó. El día anterior había enterrado a Carlos, su esposo y compañero durante los últimos 17 años. Sola, y con miles de preguntas dándole vueltas en su cabeza, a Marta no le quedó otra opción que seguir adelante. Los días pasaron y el dolor también. El recuerdo de Carlos y la responsabilidad de mantener a sus no tan pequeños vástagos la motivaban a no claudicar. Seis meses después de aquél trágico domingo, un inspector municipal se presentó en su negocio. Le dijo que él tenía un trato con su marido y que le debía abonar $ 200 semanales para que no le clausuraran la panadería. Marta dudó pero pagó. A pesar de que tenía sus impuestos al día, no quiso sumar un problema más a su vida. Durante un año, Marta le abonó al inspector $ 200 por semana. Al año siguiente también. Y al siguiente. Pasaron cinco años y su negocio comenzó a declinar. No puedo pagar más, reflexionaba. Pensó que si enamoraba a Raúl, el inspector, tal vez este dejaría de cobrarle. Y así fue. Marta y sus hijos se fueron a vivir a la casa del empleado municipal. El hombre, quien sufría de diabetes, tenía una caja fuerte donde guardaba el dinero que había recaudado durante 20 años. Marta lo sabía. Según cuenta la leyenda, el inspector quiso medicarse y no encontró sus medicinas. Mientras Raúl se moría, Marta averiguaba el precio de féretros en una funeraria.
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