Hacía seis meses que no había tantas "luces buenas" en la casa de Marisa y Pedro. Para ser más precisos, desde el día de la muerte de Germán, el mayor de los hijos, aquél que a los 26 años había decidido que la vida lo había superado, como diría Albert Camus. Después de tanto luto, esta semana Marisa, Pedro y los suyos volvieron a sonreír: y la causa de ese cambio jugueteaba entre sus brazos: se llama Guadalupe, tiene dos años y es la hija que Germán no llegó a conocer. Nunca supo de esa hija nacida de un amor ocasional. La madre de la nena, enterada de la muerte de Germán, en un gesto de generosidad decidió que los abuelos merecían saber que tenían una nieta: y que Guadalupe merecía legitimar su biografía. Es así que, donde por meses sólo hubo lágrimas y rostros tristes, esta semana había, junto con las fotos que perpetúan la memoria del hijo que ya no está, un caballito de madera que emite luces multicolores y una sillita con dibujos de Disney.
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