Gustavo Cobos
Por Gustavo Cobos 14 Septiembre 2013
Rodolfo era flaco. Pero de esos "bien flacos". Morocho, el pelo enrulado, callado, de gestos afeminados. Siempre estaba solo, y cuando se acercaba a algún grupo en los recreos era como si no estuviera allí. En silencio escuchaba la conversación de los demás, y ni siquiera hacía algún gesto ante la ocurrencia de cualquiera de sus compañeros. Era el año 1992 y había comenzado la secundaria. Los primeros días no fueron fáciles para ninguno; había que conocer a los nuevos compañeros, y cada gesto realizado era una especie de tanteo del terreno. Pero de a poco nos fuimos integrando y todos tuvimos nuestro "grupito". Incluso algunos seguimos siendo amigos a pesar del tiempo. Salvo Rodolfo.

En mayo de ese año se hizo conocido "Carlo", un enfermero de Filipinas que afirmaba estar embarazado. En todo el mundo se habló del hombre hermafrodita, que había nacido con órganos sexuales masculinos y femeninos, que aseguraba llevar seis meses de gestación y que sentía cómo pateaba el bebé. Con el tiempo se supo que todo era falso, y que Edwin Bayron (el verdadero nombre de "Carlo") había contado con la colaboración de un médico para la farsa.

A uno de mis compañeros se le ocurrió apodar "Filipino" a Rodolfo. Lo que primero era un chascarrillo, poco a poco se popularizó y hablábamos de él usando su apodo. Tanto, que ni recuerdo si en verdad se llamaba Rodolfo o si tenía otro nombre pero el tiempo borró de mi memoria su identidad. Creo que el "Filipino" nunca supo que le decíamos así. Cuando pasamos a segundo año se cambió de escuela y nunca volvimos a saber de él. Seguramente Rodolfo no quiso saber de nosotros. A veces podemos ser muy crueles sin darnos cuenta.

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