Cultura y arte en un presente crítico

Hoy tratamos de salvarnos de la exageración de la técnica, y de sus consecuencias ecológicas, hasta el punto de que el mayor filósofo de este ciclo indicó en su testamento que "la tarea fundamental es controlar la tecnología".

01 Septiembre 2013

Curiosa contradicción de desasosiego social y espiritual en el apogeo de una civilización que se prefiere tecnológica.

Parecía que después de la ebriedad tecnológica, el tema de nuestro tiempo es el vacío espiritual, "los hombres huecos" del poema de Eliot… Iniciamos el siglo comprobando el desmoronamiento de las utopías y filosofías madres, plasmadas en el siglo XIX, confrontadas en el siguiente centenario y hoy en franca implosión. De ambas quedan remiendos y ruinas con las que nos tropezamos, según supo escribir Julius Evola en su famosa Revuelta contra el mundo moderno: el capitalismo liberal-democrático, desde Adam Smith hasta sus realizaciones imperiales y el marxismo socialista. Un supuesto combate entre libertad y justicia. Dos valores que aún no encontraron su síntesis.

El capitalismo creó imperios tecnológicos, islotes de opulencia y continentes de pobreza. El comunismo, en sus dos imperios, la URSS y China, naufragaron en una ideología absolutista que desembocó en formas dictatoriales y en un fracaso en la esencia misma del materialismo dialéctico marxista: en la capacidad productiva y la batalla por el bienestar en libertad. Ambas ideologías se vivieron como panaceas. Ambos fracasos parecen unirse hoy en la síntesis perversa del capitalismo financierista, como una derrota final, en la tradición de "humanismo" que proclamaron por separado y hasta con amenazas mutuas de apasionada destrucción nuclear.

Valga esta digresión para señalar en qué medida el mundo del Espíritu (como se decía antes) queda marginado por esos materialismos estériles. Creíamos que la tecnología nos salvaba con sus excursiones lunares o microscópicas, pero el misterio del Ser permanece inalterado. Hoy tratamos de salvarnos de la exageración de la técnica, y de sus consecuencias ecológicas, al punto que el mayor filósofo de este ciclo indicó en su testamento que "la tarea fundamental es controlar la tecnología". Y hasta que "Ahora sólo un dios podrá salvarnos".

Peligra el hombre que hemos sido, peligra la cultura, la educación, las academias, los libros, la individualidad y su "libre albedrío", peligra la palabra. La literatura del siglo apenas pasado fue una rebelión, desde Rimbaud y los novelistas rusos, todos comprendieron la decadencia: Joyce, Nietzsche, Kafka, Céline, Arlt, Borges, Hermann Broch, Faulkner, Rulfo, Musil, Lezama Lima, Nabokov y muchos otros de este nuevo siglo de oro literario. Es un corpus de libertad creadora admirable y un formidable grito en el desierto. Grito hecho arte. Advertencia en obra, desde los comienzos de la desertificación cultural-espiritual y esa "pesadilla de aire acondicionado", como calificara Henry Miller a nuestra modernidad. Fue una magnífica realización de cultura crítica. Ahora hay que pensar de nuevo el mundo, elaborar certezas y grandes horizontes. La creación literaria, en su sentido más válido y profundo se va recluyendo en catacumbas, la calle está ganada por el mercantilismo cultural de temporarios objetos de consumo. Es el signo de este ciclo. Pero también el desafío más grande: pensar y proponernos un mundo en el que queramos vivir. Todo creador deberá decidir entre la catacumba de la verdadera creación y la alienación política y mercantilista.

Argentina es un caso excepcional de ese señalado factor fundacional de la cultura. Desde 1853 se plasma una voluntad política de reconocimiento de la educación como motor de todo progreso y como la mejor "inversión" desde el punto de vista estrictamente económico. La Constitución Nacional recoge esa orientación, cuya plasmación corresponderá a una dirigencia de excepción, que ubicará a nuestro país al frente de Iberoamérica y merecerá una distinción por su compromiso creativo y educacional reconocida mundialmente.

La relación del educador Sarmiento con el dos veces presidente Roca, fue una inédita confluencia de educación y poder. Se vivía con entusiasmo transformar un pueblo inerte, analfabeto, en una verdadera ciudadanía capaz del progreso y del desarrollo de la personalidad: un pueblo de individuos. El arma de la educación sostendría la civilización del hacer. 

Con su pasión de gran escritor y educador Sarmiento logró lo que los políticos no imaginaban. Fue el astuto creador o definidor de nuestra nacionalidad. Nos habíamos arrancado del desierto, creamos una etnia sobre el baldío. Las masivas corrientes inmigratorias europeas, tal como se las programara en la Constitución, produjeron la heteróclita raza que hoy somos los argentinos. Catalanes que no se entendían con gallegos o vascos, italianos del sur agreste y xeneizes, alemanes, judíos, centroeuropeos… Cada uno en su familia, en sus casas como bastiones para hacer su América. Babel de idiomas, de razas, de estilos, hilvanada por la minoría autóctona y criolla. ¿Cómo plasmar una Nación? Sarmiento transformó la educación obligatoria, gratuita y laica en verdadera arma fundacional. Todos los padres eran irremisiblemente distintos. Pero todos los niños serán iguales y la Patria y su inminente riqueza se haría en las escuelas más que en las calles y en los hogares. En dos décadas a partir de Sarmiento-Roca ocupábamos en el mundo el lugar de Brasil de hoy. Los chicos se hicieron argentinos en torno a esas banderitas que se izaban cada mañana, desde La Quiaca hasta la Patagonia, desde Cuyo al Río de la Plata.

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Enseñamos patria, Nación y sentimiento de destino grande. Nunca quisimos ser un país más, sino un país de optimización y de una calidad de vida que en sólo tres décadas empezó a figurar entre los más fuertes y atrayentes "para todos los hombres de buena voluntad del mundo". Nos creamos una poética de "lo argentino": riquezas naturales, respeto de los próceres, voluntad de grandeza, culto de coraje. Nos mitologizamos para ser. Y lo logramos.

Lo que denominamos "crisis" es el nihilismo anunciado por Nietzsche en los umbrales del siglo XX en el cual todavía estamos. Es esa decadencia occidental descrita por Spengler, Toynbee, Chaunu y tantos otros pensadores. Produce una subcultura de crisis, un demoníaco y polifónico Ersatz que exige de los creadores un compromiso grande de repuesta, sin resignaciones. Una respuesta hacia la  dimensión mayor de ese complejo que llamamos con comodidad "cultura". Exige anagogía (y hasta su correspondiente política anagocrática), ir hacia arriba, buscar la altura. Para librarnos del activismo errático de los señalados "hombres huecos" de Eliot, hoy consumidores de subcultura mundializada por vía audiovisual. Fascismo tecnotrónico. La palabra poética en el más alto sentido clásico podrá arrancarnos de la inundación prosaica del discurso político-ideológico, del chatting infinito y del folletín cotidiano que tomamos por "la realidad" y hasta como inevitable configuración de destino.

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El lenguaje nos rescatará del prosaísmo convencional, de la palabra que oculta y anestesia. Experiencias como la de Borges, Rulfo, Lezama Lima, Nabokov, Musil, Hermann Broch, demuestran un camino de retorno a lo esencial. Hegel inauguró su cátedra de estética de la Universidad de Berlín con una frase cargada de premoniciones:"Para nosotros el arte, por el lado de su destino supremo, es cosa del pasado". No invitaba a la resignación, llamaba a un renacimiento. (Por lo menos Hölderlin, su compañero de estudios, lo concretó en obra genial…)

Hoy la cultura, la tarea de los creadores, exige una dimensión de grandeza como en Homero, Shakespeare, Dante, Nietzsche. Cultura exige responder como dique, freno, renovación, katejón (según la palabra de San Pablo y San Agustín) capaz de detener la inundación de nihilismo en la que se abisma un Occidente que requiere una urgente recreación de sus dimensiones y tradiciones espirituales.

© LA GACETA

Abel Posse - Miembro de la Academia Argentina de Letras. Premio Rómulo Gallegos, máximo galardón de las letras latinoamericanas.

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