Acumular libros es un vicio poco peligroso. No tiene consecuencias gravosas para la salud, como las sufren aquellos que fuman o beben, ni para la seguridad personal, como el tener múltiples parejas al mismo tiempo. Por el contrario, el mayor riesgo es algún estornudo por el polvillo acumulado cuando (muy eventualmente) se limpia la biblioteca, o morir aplastado (hay muy pocos casos registrados) cuando cae algún estante sobre la anatomía de quien quiere sacar un ejemplar mal ubicado.
El mayor fastidio que padece el consumidor empedernido de libros es no encontrar el que compró hace tiempo y lo tiene reservado para leer en algún período de sosiego, como las vacaciones de invierno para quienes las gozan. Y es peor cuando se sabe que era una vieja edición, ya agotada en estos tiempos de tiradas cortas (actualmente, la media no supera los 3.000 ejemplares, un tercio de lo que era en otros tiempos).
Esa desaparición lleva a situaciones de angustia y a la repetición de la frase "yo lo tenía, yo lo tenía" como un mantra, mientras la ilusión se repite en cada posibilidad de que haya quedado en la parte de atrás, cediéndole espacio a otro más nuevo.
Ese malestar se profundiza hasta despertar los más bajos instintos y el pecado de la ira cuando se confirma lo tan temido: fue prestado a alguien que dijo ser un amigo y que perdió esa condición ante la falta de devolución en tiempo y forma. Hay cosas que no se perdonan, y así quedó registrada en una amenaza medieval existente en las paredes de la Antigua Librería de la Universidad de Salamanca, que mantiene vigencia: "hai excomunión reservada a su Santidad contra qualesquiera personas que quitaren, distraxeren o de otro qualquier modo enagenaren algún libro, pergamino o papel de esta bibliotheca, sin que puedan ser absueltas hasta que esta esté permanentemente reintegrada".
El mayor fastidio que padece el consumidor empedernido de libros es no encontrar el que compró hace tiempo y lo tiene reservado para leer en algún período de sosiego, como las vacaciones de invierno para quienes las gozan. Y es peor cuando se sabe que era una vieja edición, ya agotada en estos tiempos de tiradas cortas (actualmente, la media no supera los 3.000 ejemplares, un tercio de lo que era en otros tiempos).
Esa desaparición lleva a situaciones de angustia y a la repetición de la frase "yo lo tenía, yo lo tenía" como un mantra, mientras la ilusión se repite en cada posibilidad de que haya quedado en la parte de atrás, cediéndole espacio a otro más nuevo.
Ese malestar se profundiza hasta despertar los más bajos instintos y el pecado de la ira cuando se confirma lo tan temido: fue prestado a alguien que dijo ser un amigo y que perdió esa condición ante la falta de devolución en tiempo y forma. Hay cosas que no se perdonan, y así quedó registrada en una amenaza medieval existente en las paredes de la Antigua Librería de la Universidad de Salamanca, que mantiene vigencia: "hai excomunión reservada a su Santidad contra qualesquiera personas que quitaren, distraxeren o de otro qualquier modo enagenaren algún libro, pergamino o papel de esta bibliotheca, sin que puedan ser absueltas hasta que esta esté permanentemente reintegrada".
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