Gustavo Martinelli
Por Gustavo Martinelli 23 Junio 2013
Se dice que el auténtico valor de una persona se esconde más en su corazón que en su bolsillo. Sin embargo, el concepto de éxito que rige actualmente en nuestra sociedad está más asociado al poder económico que a la riqueza del espíritu. "Conocemos la verdad no sólo por la razón, sino también por el corazón", sostiene Pascal. Y es que para los sabios de la antigüedad estaba claro que la esencia de la humanidad residía precisamente en ese músculo que late sin parar en nuestro pecho. La Biblia, por ejemplo, habla de la sabiduría del "corazón", más que de la "inteligencia emocional".

Por eso, toda la formación del hombre antiguo estaba centrada en desarrollar aquello que su corazón escondía. Era, por decirlo de alguna manera, una "educación cordial". En la épica griega, sin ir más lejos, hasta la acción de los héroes estaba regulada por este órgano. Aquiles, Hércules, Atenea, Perseo… todos se dejaron guiar por el corazón, más que por el cerebro. Luego, en occidente, aparecieron personajes cuyas acciones ratificaron esa premisa griega. El rey Ricardo de Inglaterra, por ejemplo, era conocido como "Corazón de León" porque tenía dos virtudes derivadas de la palabra corazón: coraje y decoro. Y, en la inolvidable tragedia de William Shakespeare, "El rey Lear", la princesa Cordelia (nombre que significa "la del pequeño corazón") acompañó a su padre en el esplendor y en la desgracia, precisamente porque tenía el don cordial de la compasión.

Como se ve, para los antiguos, el corazón (del latín cor) era la esencia misma del hombre. En ese órgano -sostenían los sabios-, no sólo habita el afecto, sino también la inteligencia, el espíritu y el talento. ¿Un disparate? No tanto. Recientemente, la neurología ratificó la veracidad de esa creencia al descubrir la existencia de una red de más de 40.000 neuronas relacionadas entre sí, que conforman lo que los médicos llaman "el cerebro cardíaco". Esta red neuronal es tan sofisticada que otorga al corazón la capacidad de sentir independientemente. Es decir, el corazón aparece ahora a la luz de la ciencia como un sistema inteligente. Por eso duele comprobar cómo los colegios y escuelas de nuestra provincia, han desechado tan mansamente la educación cordial. Hoy se busca acumular saberes, cifras y fórmulas, más que sumergir a los estudiantes en las misteriosas dimensiones del corazón. Se los entrena a navegar por la red, pero no se les enseña a ejercer la compasión como Cordelia; se los capacita para hacer y no tanto para ser como Ricardo Corazón de León. Esto demuestra hasta qué punto estamos perdiendo la partida en la construcción de una sociedad más justa y digna. Y también explica por qué, a pesar de las netbooks repartidas en los colegios, de los planes sociales inclusivos, de los millones de pesos destinados al asistencialismo, la miseria y la violencia social siguen creciendo desaforadamente. ¿No será que falta más educación cordial? Hagamos la prueba. Dejémonos guiar por el corazón, hasta exclamar como Dante Alighieri: "lo sono in pace / vide cor meum" (Ahora estoy en paz / mira mi corazón).

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