Lo violento es que sólo se percibe una clase de violencia. Y todos se indignan y la condenan porque es lo que debe hacerse, pero sobre todo porque es fácil. Y cómodo. Y políticamente correcto. Se siente bien sentirse mal frente a esos hechos. Como ante la tragedia del hincha de Lanús muerto. O ante la barbarie del jugador tucumano que arrojó un perro contra el alambrado. Hubo olas de repudios. Masivas. Nacionales. Los partidos de la AFA se quedaron sin visitantes. Y el futbolista local que agredió al mejor amigo del hombre (que no es otro hombre sino un can) se quedó sin trabajo. Fin. Ya nos escandalizaremos frente a otro hecho de esta violencia subjetiva, como la llama el filósofo Slavoj Žižek. De esa violencia adjudicable a un sujeto o a un conjunto de sujetos.
De la que está debajo, ni una palabra.
Porque debajo de esa violencia subjetiva hay otra que la provoca. Una violencia objetiva, según el pensador esloveno. Tenemos un lenguaje forjado en las fraguas de esa violencia desapercibida: la puteada. Y la de los argentinos y tucumanos es violenta. Furiosa. Xenófoba. Denigrante. Dañina. No es usada para transgredir, sino para humillar. Aquí no es quiebre, sino síntoma. El de una queja más violenta. Con la que ni siquiera se pueden escribir tangos. Esa violencia simbólica de la diatriba es el idioma de la violencia oculta. Escondida como sostén de los sistemas políticos y económicos vigentes. Violentos en sus intolerancias y desigualdades y estigmatizaciones y marginaciones.
Sí somos capaces de ver eso en otras geografías. En la guerra civil Siria. En las manifestaciones en Turquía. Pero no aquí. Aquí, la violencia subjetiva parece gratuita. Infundada. Irracional. Y entonces el violento es percibido como un loco. La violencia en el fútbol "es una cosa de locos". Y "está loco" el que arrojó al perro. Y este o aquel "putea como loco". Nosotros, por suerte, estamos cuerdos. ¿La prueba? No hay niños matando su infancia para limpiar nuestros parabrisas. Ni cargando otros niños para mendigarnos. Ni viviendo de nuestra basura. Sólo los locos serían indiferentes a semejante violencia...
De la que está debajo, ni una palabra.
Porque debajo de esa violencia subjetiva hay otra que la provoca. Una violencia objetiva, según el pensador esloveno. Tenemos un lenguaje forjado en las fraguas de esa violencia desapercibida: la puteada. Y la de los argentinos y tucumanos es violenta. Furiosa. Xenófoba. Denigrante. Dañina. No es usada para transgredir, sino para humillar. Aquí no es quiebre, sino síntoma. El de una queja más violenta. Con la que ni siquiera se pueden escribir tangos. Esa violencia simbólica de la diatriba es el idioma de la violencia oculta. Escondida como sostén de los sistemas políticos y económicos vigentes. Violentos en sus intolerancias y desigualdades y estigmatizaciones y marginaciones.
Sí somos capaces de ver eso en otras geografías. En la guerra civil Siria. En las manifestaciones en Turquía. Pero no aquí. Aquí, la violencia subjetiva parece gratuita. Infundada. Irracional. Y entonces el violento es percibido como un loco. La violencia en el fútbol "es una cosa de locos". Y "está loco" el que arrojó al perro. Y este o aquel "putea como loco". Nosotros, por suerte, estamos cuerdos. ¿La prueba? No hay niños matando su infancia para limpiar nuestros parabrisas. Ni cargando otros niños para mendigarnos. Ni viviendo de nuestra basura. Sólo los locos serían indiferentes a semejante violencia...
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