Nunca les devolvimos una pared

El patio ardía. El sol de la siesta se abría paso entre los edificios. En aquel resquicio de sombra, debajo del Discóbolo nos íbamos apoyando en la pared. Los dos mejores jugadores daban unos pasos adelante.

Se paran frente a frente. Se miran y golpean una mano contra la otra: ¡Piedra, papel o tijera!. "Vamos de nuevo: ¡Piedra, papel o tijera! Una más: ¡Piedra, papel o tijera! Finalmente, o la piedra rompía la tijera o la tijera cortaba el papel o el papel envolvía la piedra. El que ganaba, elegía.

Se dan vuelta y miran a la pared. Ahí están los dos mejores, los dos capitanes, los que roban la pelota para hacer magia. Son los que hacen la bicicleta y tiran los tacos. Ahora tienen el poder de elegir. Ellos cuando te señalen dirán si sabés o no jugar. Si sos capaz de devolverles la pelota o un ladrillo. Ellos tienen el poder. Está justificado, son los mejores.

Ahora van a elegir. Ellos dirán quiénes le siguen. Al primero que le toque, ése es uno de los cinco mejores. Será un elegido. Seguro puede cabecear un centro y sabe los secretos de la magia. No mancha la pelota, la acaricia, la quiere, la defiende, la cuida como si fuera su hermana.

Ellos siguen eligiendo. En quinto o sexto lugar ya piensan en los arqueros. En la pared ya no hay emoción. El sol ya no calienta. A los que quedan, la pelota les rebota en los tobillos. Se les escapa. Sólo saben pegarle de puntín. Y a veces -pocas- entra. Festejarán sus goles, mitad en sorna, mitad en serio. Ellos nunca dejaron la cancha y no les importó haber sido un ladrillo más en la pared. Y nos enseñaron que no tiene sentido cuando son muy pocos los que dan un paso adelante.

Temas Tucumán
Tamaño texto
Comentarios
Comentarios