El puño cerrado del obrero. El rostro desencajado. Las herramientas inertes. La mesa vacía. El esternón expuesto de la madre. El bebé que mama para calmar el hambre. Y, a lo lejos, la protesta de los desempleados a las puertas de una fábrica parada... "Sin pan y sin trabajo", la obra maestra del plástico porteño Ernesto de la Cárcova, cumple 120 años, pero su potencia expresiva parece recién nacida.
La vigencia de esta tela está apoyada sobre una denuncia que jamás pasa de moda. Pero que, entonces, en 1893, resultó tan realista como revolucionaria. La sensibilidad de De la Cárcova atraviesa la costra de la industrialización para registrar el sufrimiento de sus víctimas anónimas. Y ese movimiento capta la impotencia y la humillación. También el absurdo de un trabajador sin trabajo en un mundo desbordado de necesidades básicas insatisfechas.
La sensibilidad del artista se anticipa a la contradicción progreso-pobreza que el siglo XX desarrollará con lujo de detalles. La perspectiva de felicidad asociada a la producción en serie, condictio sine qua non de la sociedad de consumo, tiene una contrapartida trágica. Ese drama es demasiado burdo e incómodo: conviene hacer de cuenta que no existe (decretarlo invisible) o, peor aún, "normalizarlo" como una deficiencia inevitable del sistema.
De la Cárcova se rebela, y revela estas y otras inquietudes -aún no superadas- a partir de una conmovedora escena de entrecasa. De sus pinceles emerge un símbolo de la desprotección, ese estado de intemperie y precariedad que aquí y allá ha dado pie al desarrollo de los derechos sociales. "Sin pan y sin trabajo" es una pintura movilizadora (inevitablemente recuerda las desigualdades e injusticias del presente), y por sí sola justifica plenamente una visita al estupendo Museo Nacional de Bellas Artes (entrada gratuita). La contemplación de este cuadro remueve indiferencias y coloca los ideales en su sitio: nadie debería privarse o ser privado de un sacudón espiritual tan edificador.
La vigencia de esta tela está apoyada sobre una denuncia que jamás pasa de moda. Pero que, entonces, en 1893, resultó tan realista como revolucionaria. La sensibilidad de De la Cárcova atraviesa la costra de la industrialización para registrar el sufrimiento de sus víctimas anónimas. Y ese movimiento capta la impotencia y la humillación. También el absurdo de un trabajador sin trabajo en un mundo desbordado de necesidades básicas insatisfechas.
La sensibilidad del artista se anticipa a la contradicción progreso-pobreza que el siglo XX desarrollará con lujo de detalles. La perspectiva de felicidad asociada a la producción en serie, condictio sine qua non de la sociedad de consumo, tiene una contrapartida trágica. Ese drama es demasiado burdo e incómodo: conviene hacer de cuenta que no existe (decretarlo invisible) o, peor aún, "normalizarlo" como una deficiencia inevitable del sistema.
De la Cárcova se rebela, y revela estas y otras inquietudes -aún no superadas- a partir de una conmovedora escena de entrecasa. De sus pinceles emerge un símbolo de la desprotección, ese estado de intemperie y precariedad que aquí y allá ha dado pie al desarrollo de los derechos sociales. "Sin pan y sin trabajo" es una pintura movilizadora (inevitablemente recuerda las desigualdades e injusticias del presente), y por sí sola justifica plenamente una visita al estupendo Museo Nacional de Bellas Artes (entrada gratuita). La contemplación de este cuadro remueve indiferencias y coloca los ideales en su sitio: nadie debería privarse o ser privado de un sacudón espiritual tan edificador.
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