Educar a un perro es mucho más difícil que educar a un hijo. Con los años, uno puede conseguir que un niño levante la mesa, diga por favor y gracias, que les dé asiento a las personas mayores en el colectivo, que no pregunte (al menos en voz alta) por qué esa señora tiene bigotes, y habilidades sociales por el estilo.
De mi perra, lo único que he obtenido es una estólida decisión de enroscarse en el sofá, al menor descuido, que se regodee en pisotear el cantero recién plantado (ahora mismo me mira, con las patas entre las alegrías del hogar), y la costumbre de ladrar, desaforada, por razones que mi razón no entiende.
No puedo cantarle aquello de "mi perro dinamita es tan fiero como un tártaro" porque -aunque ni da la patita, ni hace el muertito- jamás ha mordido a nadie.
Lo suyo es el ruido, la alegría zonza y a los saltos y -cómo no- faltarle el respeto a la gata que la mira con majestuoso desprecio desde el silloncito de la biblioteca.
Habrá que conformarse, entonces, con haber criado hijos solidarios y alegres, capaces de elegir hacer lo que está bien y de indignarse ante lo que les parece una injusticia, de disfrutar de la lectura como quien abraza a un amigo. Después de todo, uno no podrá decir que tiene la mascota más educada del mundo, pero sí que puede reventar de orgullo por lo que sus hijos son y apuntan a ser.
De mi perra, lo único que he obtenido es una estólida decisión de enroscarse en el sofá, al menor descuido, que se regodee en pisotear el cantero recién plantado (ahora mismo me mira, con las patas entre las alegrías del hogar), y la costumbre de ladrar, desaforada, por razones que mi razón no entiende.
No puedo cantarle aquello de "mi perro dinamita es tan fiero como un tártaro" porque -aunque ni da la patita, ni hace el muertito- jamás ha mordido a nadie.
Lo suyo es el ruido, la alegría zonza y a los saltos y -cómo no- faltarle el respeto a la gata que la mira con majestuoso desprecio desde el silloncito de la biblioteca.
Habrá que conformarse, entonces, con haber criado hijos solidarios y alegres, capaces de elegir hacer lo que está bien y de indignarse ante lo que les parece una injusticia, de disfrutar de la lectura como quien abraza a un amigo. Después de todo, uno no podrá decir que tiene la mascota más educada del mundo, pero sí que puede reventar de orgullo por lo que sus hijos son y apuntan a ser.








