Cartas de lectores: dignidad y soberanía

Hace 6 Hs

Vivimos un tiempo en el que las grandes potencias vuelven a hablar con frases antiguas: presión, ventaja, arancel, castigo, “acuerdo”. No me alarma el poder -el poder siempre existió-; me alarma la ficción que lo disfraza, esa cortesía internacional que llama “cooperación” a lo que a veces es tributo, “seguridad” a lo que muchas veces es miedo administrado, “reglas” a lo que a menudo son excepciones para los fuertes.En los tribunales aprendí que los sistemas no se sostienen sólo por la fuerza. Se sostienen por algo más delicado y más culpable: la costumbre. Por la participación cotidiana de quienes repiten un gesto que no creen, pero realizan para evitar problemas. Un cartel en una vidriera. Sin embargo, hay un acto mínimo que puede iniciar un derrumbe: retirar el cartel. Retirar el cartel es nombrar lo real sin odio y sin temor. Es dejar de invocar un “orden internacional basado en reglas” como si fuera un talismán, cuando sabemos -porque lo hemos visto- que las reglas se aplican con distinta severidad según la identidad del acusado y de la víctima, del aliado y del adversario. Retirar el cartel es llamar presión a la presión, chantaje al chantaje, subordinación a la subordinación, incluso cuando se la presenta con buenos modales y promesas de prosperidad.No escribo esto para llorar un mundo perdido. La nostalgia puede ser literatura; no es política. Tampoco escribo para proponer un aislamiento de fortaleza sitiada: un planeta de muros sería más pobre, más frágil y menos sostenible. Lo que propongo es otra cosa: fortaleza interna y entereza compartida. Realismo con valores. Principios sin infantilismo, pragmatismo sin servilismo. Para los países medianos hay una verdad incómoda: cuando negocian solos frente a una potencia hegemónica lo hacen desde la debilidad. Compiten entre sí por mostrarse más complacientes. Aceptan lo que se les ofrece. Y luego se llaman soberanos, como quien se repite una palabra para creerla. Esa no es soberanía: es un simulacro.La soberanía, en cambio, es una conducta. Se construye. Requiere una economía menos vulnerable al castigo, instituciones que no se alquilen, una justicia que no sea adorno, una educación que no sea eslogan, una ciencia que no se mendigue, una energía y una alimentación que no se entreguen como rehenes. Requiere diversificar vínculos, tejer alianzas eficaces, y, sobre todo, sostener una coherencia que suele ser el bien más escaso: aplicar criterios similares a aliados y rivales. Porque cuando denunciamos los abusos de unos y callamos los de otros, el cartel sigue en la vidriera. A la Argentina -y a nuestra región- les queda, como siempre, la posibilidad de la dignidad. No es una palabra grandilocuente: es una disciplina. Es decidir que no todo se compra, que no todo se negocia, que hay líneas que no se cruzan sin pagar el precio de la propia alma pública.

Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com

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