Siempre detesté los textos que comienzan con el trillado recurso de analizar el origen del significado de las palabras -etimología, le dicen-, como cuando para hablar de la república nos aburren recordando que viene del latín res pública, que significa cosa pública, y ahí aprovechan para enganchar alguna idea alusiva, logrando atraer la atención del lector, a quien quizás imaginan expresando, exaltado: "¡qué bárbaro el dominio del latín de este escriba! Sin dudas sus ideas y conceptos serán de mi agrado".
Este periodista -o sea, yo- va a utilizar ese recurso. Pero, válgame Dios, no con ese fin. Nada sé de lenguas muertas y poco de alguna viva. ¿Por qué la aclaración? Me gustaría que charlemos, sin prejuicios ni pedanterías, sobre una palabra y sus supuestas raíces: el sustantivo adicto.
Escuché hace pocos días a un buen hombre que decía: "adicto proviene del latín a dictum, es decir, aquel que no tiene dicción, que no puede hablar. De hecho, la incapacidad de expresar emociones, ideas, etcétera, es lo que suele derivar en que el sujeto comience a depender de algo para sustituir los lazos comunicativos que no ha logrado crear".
Interesado en esta explicación, bastante resumida e imprecisa aquí, busqué en internet más datos. Y me sorprendió que, en la mayoría de los sitios, la etimología de la palabra adicto se adjudicara a la voz latina addictus. Esta refiere de manera específica a un hombre libre que, durante el Imperio Romano, debía entregarse a otro como esclavo para saldar una deuda para él impagable. Así, ofrecía -quién sabe si condicionado o no- su libertad en pos de un objetivo.
No sé ni me importa cuál es la interpretación correcta. Pero esto me hizo pensar en que, cuando hablamos con alguien que suponemos adicto -al alcohol, a las drogas, al trabajo, a Facebook, a una idea que juzguemos errada o a lo que sea- quizás muchas de nuestras palabras sobran. Quizás haya que tratar de escuchar, nada más. Alguien que no puede hablar o ha perdido su libertad seguramente tiene mucho para decir. Y le va a costar mucho hacerlo.
Este periodista -o sea, yo- va a utilizar ese recurso. Pero, válgame Dios, no con ese fin. Nada sé de lenguas muertas y poco de alguna viva. ¿Por qué la aclaración? Me gustaría que charlemos, sin prejuicios ni pedanterías, sobre una palabra y sus supuestas raíces: el sustantivo adicto.
Escuché hace pocos días a un buen hombre que decía: "adicto proviene del latín a dictum, es decir, aquel que no tiene dicción, que no puede hablar. De hecho, la incapacidad de expresar emociones, ideas, etcétera, es lo que suele derivar en que el sujeto comience a depender de algo para sustituir los lazos comunicativos que no ha logrado crear".
Interesado en esta explicación, bastante resumida e imprecisa aquí, busqué en internet más datos. Y me sorprendió que, en la mayoría de los sitios, la etimología de la palabra adicto se adjudicara a la voz latina addictus. Esta refiere de manera específica a un hombre libre que, durante el Imperio Romano, debía entregarse a otro como esclavo para saldar una deuda para él impagable. Así, ofrecía -quién sabe si condicionado o no- su libertad en pos de un objetivo.
No sé ni me importa cuál es la interpretación correcta. Pero esto me hizo pensar en que, cuando hablamos con alguien que suponemos adicto -al alcohol, a las drogas, al trabajo, a Facebook, a una idea que juzguemos errada o a lo que sea- quizás muchas de nuestras palabras sobran. Quizás haya que tratar de escuchar, nada más. Alguien que no puede hablar o ha perdido su libertad seguramente tiene mucho para decir. Y le va a costar mucho hacerlo.
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