25 Marzo 2002 Seguir en 
La situación en la Argentina está muy difícil, desde distintos puntos de vista. En lo económico, el país no tiene financiamiento interno ni externo. Se están agotando las pocas reservas que existen para mantener el valor que el Estado imagina que es el que tiene que tener el dólar y no el que marca el mercado.
Lo que pasa en la Justicia, en el Poder Ejecutivo y en el Poder Legislativo es tremendo, porque en lugar de complementarse y controlarse como corresponde en un estado de derecho, hacen todo lo contrario. Aquí hay una especie de guerra entre los poderes. El Legislativo está paralizado. Para tomar decisiones sobre las provincias hacen que los gobernadores vengan a Buenos Aires; el Senado no actúa cuando en realidad está representando a las provincias. Es decir que los tres poderes, que deberían funcionar aun en situaciones de crisis económica, se comportan de tal manera que eso se revierte negativamente en la sociedad. Esta tiene así una mezcla de rabia, apatía, desengaño, desesperanza, porque no ve ningún horizonte. A los que tenían algo de dinero, este les quedó atrapado. Los que no tenían no consiguen ni siquiera trabajo.
De esta forma estamos en el peor de los escenarios posibles, donde es muy probable que se dé una mezcla que es muy peligrosa: la hiperinflación sumada a la hiper-recesión. Todo sería más fácil si la gente confiara en las instituciones, pero estas tienen un grado de descrédito alarmante, en especial los tres poderes, y eso le quita legitimidad al Gobierno.
Preanarquía
La gente siente que no hay autoridad y actúa por sí misma, y cuando actúa así se da lo que en teoría política se llama un clima de anarquía. Si bien no estamos todavía en esa situación ya entramos en una preanarquía.
Esa situación se nota claramente en que distintos grupos se reúnen en asambleas, donde cada una está pidiendo una cosa distinta. Se dan hechos que en otras épocas se hubiesen resuelto mediante un golpe de Estado. Por suerte eso no está en la mente de la gente, como ocurrió en 1976, cuando el golpe no se dio en el aire sino que tuvo el apoyo de una gran mayoría de la población, salvo el de algunos grupos militantes de izquierda. Inclusive el partido radical dijo entonces que no tenía soluciones. Durante el Proceso, en la provincia de Buenos Aires hubo de 110 a 120 intendentes radicales. Eso indica que hubo participación no sólo de la sociedad sino también de los partidos políticos. En la actualidad eso está descartado, pero no se ven soluciones. Nadie puede decir exactamente qué es lo que se puede hacer, salvo navegar en esta situación hasta que comience la recuperación, en base al ahorro interno, si es que alguna vez vuelve la confianza. Es de esperar que la conflictividad disminuya; caso contrario habrá estado de sitio, y se llamará a elecciones. Y si las nuevas autoridades vuelven a fracasar esta vez sí se dará una completa renovación de los políticos. En esa eventualidad, los que lleguen lo harán con muy pocos votos, porque la gente no quiere votar.
El arrastre
Al menos, lo que se percibe es que esta crisis se lleva consigo a toda la clase dirigente. Hay una crisis de valores, como siempre la hubo, porque se dice que los sindicatos no representan a nadie; y si desde el Gobierno no se le da más privilegios esa dirigencia también será sustituida. Si se reemplaza a la caduca dirigencia política todo vendrá por efecto cascada. De cualquier manera, se tardará años en volver a crecer. Pero la imagen ante el exterior cambiaría y estaríamos de nuevo en el marco de las naciones, donde no estamos ahora.
Lo que tenemos que hacer todos los argentinos es preservar nuestras vidas, por sobre todas las cosas. Es decir que la violencia no llegue al punto de que tengamos muertos. Con los que tuvimos es suficiente.
Peor que la recesión y que la hiperinflación es que los argentinos tengan que morir, y eso hay que evitarlo entre todos.(Exclusivo para LA GACETA)
Lo que pasa en la Justicia, en el Poder Ejecutivo y en el Poder Legislativo es tremendo, porque en lugar de complementarse y controlarse como corresponde en un estado de derecho, hacen todo lo contrario. Aquí hay una especie de guerra entre los poderes. El Legislativo está paralizado. Para tomar decisiones sobre las provincias hacen que los gobernadores vengan a Buenos Aires; el Senado no actúa cuando en realidad está representando a las provincias. Es decir que los tres poderes, que deberían funcionar aun en situaciones de crisis económica, se comportan de tal manera que eso se revierte negativamente en la sociedad. Esta tiene así una mezcla de rabia, apatía, desengaño, desesperanza, porque no ve ningún horizonte. A los que tenían algo de dinero, este les quedó atrapado. Los que no tenían no consiguen ni siquiera trabajo.
De esta forma estamos en el peor de los escenarios posibles, donde es muy probable que se dé una mezcla que es muy peligrosa: la hiperinflación sumada a la hiper-recesión. Todo sería más fácil si la gente confiara en las instituciones, pero estas tienen un grado de descrédito alarmante, en especial los tres poderes, y eso le quita legitimidad al Gobierno.
Preanarquía
La gente siente que no hay autoridad y actúa por sí misma, y cuando actúa así se da lo que en teoría política se llama un clima de anarquía. Si bien no estamos todavía en esa situación ya entramos en una preanarquía.
Esa situación se nota claramente en que distintos grupos se reúnen en asambleas, donde cada una está pidiendo una cosa distinta. Se dan hechos que en otras épocas se hubiesen resuelto mediante un golpe de Estado. Por suerte eso no está en la mente de la gente, como ocurrió en 1976, cuando el golpe no se dio en el aire sino que tuvo el apoyo de una gran mayoría de la población, salvo el de algunos grupos militantes de izquierda. Inclusive el partido radical dijo entonces que no tenía soluciones. Durante el Proceso, en la provincia de Buenos Aires hubo de 110 a 120 intendentes radicales. Eso indica que hubo participación no sólo de la sociedad sino también de los partidos políticos. En la actualidad eso está descartado, pero no se ven soluciones. Nadie puede decir exactamente qué es lo que se puede hacer, salvo navegar en esta situación hasta que comience la recuperación, en base al ahorro interno, si es que alguna vez vuelve la confianza. Es de esperar que la conflictividad disminuya; caso contrario habrá estado de sitio, y se llamará a elecciones. Y si las nuevas autoridades vuelven a fracasar esta vez sí se dará una completa renovación de los políticos. En esa eventualidad, los que lleguen lo harán con muy pocos votos, porque la gente no quiere votar.
El arrastre
Al menos, lo que se percibe es que esta crisis se lleva consigo a toda la clase dirigente. Hay una crisis de valores, como siempre la hubo, porque se dice que los sindicatos no representan a nadie; y si desde el Gobierno no se le da más privilegios esa dirigencia también será sustituida. Si se reemplaza a la caduca dirigencia política todo vendrá por efecto cascada. De cualquier manera, se tardará años en volver a crecer. Pero la imagen ante el exterior cambiaría y estaríamos de nuevo en el marco de las naciones, donde no estamos ahora.
Lo que tenemos que hacer todos los argentinos es preservar nuestras vidas, por sobre todas las cosas. Es decir que la violencia no llegue al punto de que tengamos muertos. Con los que tuvimos es suficiente.
Peor que la recesión y que la hiperinflación es que los argentinos tengan que morir, y eso hay que evitarlo entre todos.(Exclusivo para LA GACETA)







