Mudanza. Palabra dolorosa para aquellos que conocen el arte del orden y la ciencia de querer guardar todo lo que sirve para el futuro. Sinónimo de mucho trabajo, garantía de discusiones y certificado de un gasto importante.
Cambiarse de vivienda, para muchos representa una mejora en la calidad de vida. Pero eso ocurre si es que se sobrevive a ese tan temido infierno de llevar las cosas de un lado a otro y que generalmente dura varios días (o semanas) hasta que literalmente la "casa está en orden".
En esta misión hay varios desafíos por resolver. Las primeras escaramuzas llegan cuando se trata de ubicar los muebles que fueron adquiridos para una casa que nada tiene que ver con la que se ocupará.
Después aparece otro frente de batalla: qué se debe comprar y en qué orden. Así comienza, no termina.
A la hora de embalar, surgen los verdaderos conflictos. En esta tarea el ser humano se da cuenta de su increíble capacidad de guardar tantas porquerías en tan poco tiempo, concepto odiado por el pobre recolector de basura que tiene trabajo extra. También se impone el principio de utilidad sobre lo sentimental. Y lo más grave: se generan discusiones pesadas sobre qué hacer con los jarrones horrendos de la tía que no se quieren, la vajilla del anterior matrimonio, los cuadros del ex novio y las libretas llenas de aplazos que los hijos descubren y por las que exigen explicaciones.
Cuando el camioncito descarga todo y la casa está medianamente acomodada, aparecen otros inconvenientes. El calefón no funciona bien, se trancan los baños y los placares no son tan grandes como se había previsto. Todo esos problemas, generalmente, están acompañados por la sinfonía de reclamos de los chicos que se quejan porque no hay internet ni cable. ¡¡¡Mudanza!!!
Cambiarse de vivienda, para muchos representa una mejora en la calidad de vida. Pero eso ocurre si es que se sobrevive a ese tan temido infierno de llevar las cosas de un lado a otro y que generalmente dura varios días (o semanas) hasta que literalmente la "casa está en orden".
En esta misión hay varios desafíos por resolver. Las primeras escaramuzas llegan cuando se trata de ubicar los muebles que fueron adquiridos para una casa que nada tiene que ver con la que se ocupará.
Después aparece otro frente de batalla: qué se debe comprar y en qué orden. Así comienza, no termina.
A la hora de embalar, surgen los verdaderos conflictos. En esta tarea el ser humano se da cuenta de su increíble capacidad de guardar tantas porquerías en tan poco tiempo, concepto odiado por el pobre recolector de basura que tiene trabajo extra. También se impone el principio de utilidad sobre lo sentimental. Y lo más grave: se generan discusiones pesadas sobre qué hacer con los jarrones horrendos de la tía que no se quieren, la vajilla del anterior matrimonio, los cuadros del ex novio y las libretas llenas de aplazos que los hijos descubren y por las que exigen explicaciones.
Cuando el camioncito descarga todo y la casa está medianamente acomodada, aparecen otros inconvenientes. El calefón no funciona bien, se trancan los baños y los placares no son tan grandes como se había previsto. Todo esos problemas, generalmente, están acompañados por la sinfonía de reclamos de los chicos que se quejan porque no hay internet ni cable. ¡¡¡Mudanza!!!
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