La parte negativa de la abundancia es el acostumbramiento que ella engendra. Que no llame la atención, por ejemplo, el fenómeno de las carteleras superpobladas de espectáculos, exposiciones, conciertos, conferencias y un larguísimo etcétera. Que parezca normal que durante los fines de semana haya actividades de la más variada especie y para todos los presupuestos. Que a nadie sorprenda la diversidad de propuestas tradicionales y no convencionales. Que la "yunga" de música, teatro, literatura, danza y arte crezca por doquier e, incluso, con sequía de políticas y subsidios.
Este movimiento impenitente hace de Tucumán (y, específicamente, de su caótica urbe) un polo cultural potente: el jardín de las delicias espirituales que -quizá- soñó la Generación del Centenario cuando alumbraba el proyecto de la universidad. Ese ambiente creativo mejora la calidad de vida del conjunto con bienes intangibles -e imperecederos- cuyo valor intrínseco excede lo que el dinero puede comprar. En términos de cultura, Tucumán es sencillamente opulente.
Claro que no hay que dormirse en los laureles porque esa actitud desidiosa desmedra la riqueza acumulada. O, lo que resulta más lamentable aún, impide aprovecharla. Que haya autores locales dispuestos a producir contra todas las estrecheces económicas y obstáculos posibles plantea al menos dos interrogantes que nunca deberían darse por contestados: ¿cómo ampliar el acceso a esa producción? ¿Cómo asistir a los productores para que no cierren la "fábrica" o emigren hacia otros centros más amigables para con la cultura?
Así como no se ama lo que no se conoce, tampoco se administra adecuadamente la abundancia que no se valora con rectitud. Esa realidad noquea en el caso del legado arqueológico, que sin duda supera las posibilidades de las instituciones encargadas de conservarlo para el goce presente y de la posteridad. El jardín atiborrado de frutos culturales existe (¡qué ventaja!), pero rinde apenas si el pueblo al que pertenece no se enamora -perdidamente- de él ni lo vivencia como un motivo de orgullo.
Este movimiento impenitente hace de Tucumán (y, específicamente, de su caótica urbe) un polo cultural potente: el jardín de las delicias espirituales que -quizá- soñó la Generación del Centenario cuando alumbraba el proyecto de la universidad. Ese ambiente creativo mejora la calidad de vida del conjunto con bienes intangibles -e imperecederos- cuyo valor intrínseco excede lo que el dinero puede comprar. En términos de cultura, Tucumán es sencillamente opulente.
Claro que no hay que dormirse en los laureles porque esa actitud desidiosa desmedra la riqueza acumulada. O, lo que resulta más lamentable aún, impide aprovecharla. Que haya autores locales dispuestos a producir contra todas las estrecheces económicas y obstáculos posibles plantea al menos dos interrogantes que nunca deberían darse por contestados: ¿cómo ampliar el acceso a esa producción? ¿Cómo asistir a los productores para que no cierren la "fábrica" o emigren hacia otros centros más amigables para con la cultura?
Así como no se ama lo que no se conoce, tampoco se administra adecuadamente la abundancia que no se valora con rectitud. Esa realidad noquea en el caso del legado arqueológico, que sin duda supera las posibilidades de las instituciones encargadas de conservarlo para el goce presente y de la posteridad. El jardín atiborrado de frutos culturales existe (¡qué ventaja!), pero rinde apenas si el pueblo al que pertenece no se enamora -perdidamente- de él ni lo vivencia como un motivo de orgullo.
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