Como todos los domingos volvíamos con el padre Amado Dip en su Auto Unión hacia la parroquia San Pío X, luego de la misa en Santo Cristo (entonces era apenas un pequeño techo con un altar). Ese mediodía le pregunté al cura por qué Dios había permitido que tantas familias queden sin trabajo por el cierre de tantos ingenios (11 fábricas de 27). "Es un tema complejo…No es Dios. Son los hombres..., sos muy chico para entenderlo. De todos modos, lo que se dice, en su mayoría, no es verdad…" Y repregunté: ¿entonces por qué mienten? El mandamiento dice que no hay que levantar falsos testimonios ni mentir. "Pero hay otro mandamiento", replicó. "Primero, no hay que ser tonto". Y me quedé absorto. Mis 11 años alcanzaban sólo para almacenar esa palabra entre los sinónimos de pícaro, sin darle el extenso alcance que el cura Amado (un clarísimo orador, que falleció el 16/7/99 a los 79 años) le daba al "nuevo mandamiento": un consejo en mi camino al futuro. No entendía como monaguillo que no era el "décimo primero" en las reglas de la fe sino el primero en la de los hombres. Con los años comprendí su dimensión. Que no era ser pícaro sino estar atento a las picardías. Ser solidario con los verdaderamente necesitados y distinguir a los ventajistas. Que la realidad se tiñe del color que quiere el partido gobernante y que siempre podríamos estar mejor. El cura me quería decir que el caleidoscopio de la fe no tiene los negros que el hombre le imprime a sus ambiciones si son egoístas, sin que importe nada ni nadie.

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