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A la familia Ono no le hizo mucha gracia la relación de Yoko con John Lennon. Lógico. ¿Qué tenía que hacer ella con semejante exponente del proletariado inglés, hijo de una familia disfuncional y criado por una tía? Un hombre sin prosapia ni modales. A los ojos de los Ono, Lennon no estaba a la altura de Yoko. Eisuke, el suegro de Lennon, llevaba sangre imperial en las venas, mientras que su esposa, Isoko, provenía de la alta burguesía. Que la beatlemanía hubiera pegado fuerte en Japón no pesaba en el análisis de un clan regido por códigos milenarios. Lennon puso mucho empeño en la conquista de su familia política. Viajó a Japón y se mostró encantador como sólo Lennon podía hacerlo cuando tenía ganas.
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A fin de cuentas, Yoko había sido compañera de escuela del futuro emperador Akihito. Rasgos de una educación de primera clase, complementada por su espíritu cosmopolita -de niña vivió en Nueva York- y por la sensibilidad heredada de su papá, un eximio pianista clásico. Yoko se preocupó por vivir rodeada de artistas, consciente de que el proceso creativo se alimenta en buena medida de las influencias positivas y enriquecedoras. De hecho, sus tres maridos fueron músicos. Así se moldeó la poderosa personalidad de Yoko, un huracán capaz de conmover con su espíritu vanguardista la escena de los 60.
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Porque cuando conoció a Lennon ya había corrido mucha agua bajo el puente Ono. Agua de la buena. A esa altura de la historia -fines de 1966- Yoko estaba consolidada como una figura indiscutida de la avant-garde artística en las principales capitales. Sus performances provocaban elogiosos debates en Nueva York, en Londres y en Tokio. De su paso por el mítico grupo Fluxus -fundado por George Maciunas- y de lo aprendido a la par de John Cage, Yoko había recogido los mejores frutos del universo conceptual y lo aplicaba tomando todos los riesgos. En los libros de arte contemporáneo no faltan "Pintura para ser pisada" y "Cut piece", dos puestas performáticas con las que Yoko demostró un talento excepcional.
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Yoko recorrió con sus manos y con su cuerpo los más variados aspectos de la creación artística. Hizo música, cine -de los dos lados de la cámara- y literatura. Demasiado para ser considerada -apenas- la viuda de Lennon.
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Un rasgo inherente a la personalidad de Yoko, ligado sin dudas a la tradición familiar, es su extraordinaria capacidad para afrontar la adversidad. El sufrimiento cruza la vida de Yoko. Si ella, con su carácter y sus decisiones, eligió recorrer caminos espinosos, convengamos en que la realidad no le hizo fáciles las cosas. Después de un fugaz matrimonio con el compositor ToshiIchiyanagi piloteó una complicada relación con otro músico, el jazzero Anthony Cox. Tuvieron una hija -Kyoko- que constituye por sí misma todo un capítulo en la historia de Yoko. Siendo niña y siendo mujer, Kyoko se mantuvo junto a su padre, al extremo de que el encuentro con Yoko demoró más de 30 años. El amor de su vida, John Lennon, fue asesinado en la puerta del edificio Dakota en diciembre de 1980, y a partir de ese día Yoko pasó a ser la celosa responsable de su legado. Antes y después le tocó ser la bruja, la villana de la película beatle, el chivo expiatorio de millones de fans. Hoy, cuando festeje los 80 años, mañana, hasta el último momento, cargará con esa cruz. Hace falta mucha entereza para ponerle el pecho a ese injusto castigo.
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Yoko conoció a John en la galería Indica, donde ella estaba a punto de inaugurar una muestra. Cuenta la leyenda que una de las piezas era una palabra escrita en el techo, lo que obligaba a los asistentes a subirse a una escalera para leerla. Curioso, Lennon trepó los escalones y descubrió que decía, simplemente, "yes". "Si hubiera escrito 'no', seguramente me habría ido", reveló él. Lo seguro es que Yoko no tenía idea acerca de quién era John Lennon cuando se encontraron por primera vez. Y que fue él quien se enganchó de inmediato y motorizó el romance y futuro matrimonio.
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Yoko hizo música con Lennon. Dibujaron juntos. Escribieron juntos. Filmaron juntos. Pidieron por la paz juntos. Formaron una banda de rock. Tuvieron un hijo, Sean. Se amaron profundamente. Que los Beatles se hayan separado por culpa de Yoko Ono es una afirmación tan simplista como tramposa. No hubo una razón para esa ruptura, sino una acumulación de factores internos y externos, un juego de ajedrez en el que Yoko fue una pieza, no precisamente la reina.
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Poderosa y vulnerable. Fuerte y sensible. Entera, infatigable. Yoko es una de las mujeres esenciales de la cultura contemporánea. Ahí está su obra, tan vasta como imprescindible.








