Se vienen los robots voladores. Cámaras teleguiadas como avioncitos de aeromodelismo, con GPS, autonomía de 20 minutos, útiles para control de tránsito, visión de multitudes en protesta, persecución de delincuentes que huyen por los techos, visión cercana de incendios, y muchas cosas más. Los acaba de presentar el intendente de Tigre, Sergio Massa, municipio pionero en el país en el armado de sistema de cámaras de vigilancia callejera (hay 800 filmadoras en sus calles) y adelantado en tecnología, y que invirtió en seis de estos "drones" (robots voladores) a un precio de 17.500 dólares cada uno. Miden 76 centímetros, pesan 3,100 kilos y tienen ocho motores. Y, según explicaron en Tigre, ya se usan en Bélgica e Israel, y en ciudades como Londres y Seattle (Estados Unidos). Para esta gente se cumple una de las leyes del novelista Arhur Clarke, que decía que toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Aunque también es inquietante: otros "drones", un poco más grandes (de unos cuatro metros de largo) y cargados con misiles, son el centro de la polémica en EEUU, porque el gobierno norteamericano los ha usado para espionaje y ataques de precisión no tripulados, con la excusa de combatir a Al Qaeda.
¿Los pequeños drones se extenderán por Argentina? Probablemente. La tecnología se abarata con el tiempo y se disemina. En algún momento se cumplirá la profecía de la película "Terminator", cuando las máquinas se podrán volver más inteligentes y más peligrosas, pensarán por sí mismas y hasta podrán rebelarse contra el ser humano. Por ahora sólo son inteligentes. Su peligro todavía radica en el ser humano que las maneja. Isaac Asimov, temeroso y fascinado por el futuro, diseñó hace más de 50 años las leyes de la robótica para aventar el complejo de Frankenstein, es decir que el ente creado se volviera contra su creador: "1) Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño". "2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley", dicen las normas imaginadas por el novelista en "Yo robot". Lástima que Asimov no pudo aplicar sus leyes sobre los tortuosos manejos de la mente humana, siempre reacia a los mandamientos y siempre tentada a convertirse en el Gran Hermano que extiende su ojo escrutador, con la excusa de poner orden en la sociedad.
¿Los pequeños drones se extenderán por Argentina? Probablemente. La tecnología se abarata con el tiempo y se disemina. En algún momento se cumplirá la profecía de la película "Terminator", cuando las máquinas se podrán volver más inteligentes y más peligrosas, pensarán por sí mismas y hasta podrán rebelarse contra el ser humano. Por ahora sólo son inteligentes. Su peligro todavía radica en el ser humano que las maneja. Isaac Asimov, temeroso y fascinado por el futuro, diseñó hace más de 50 años las leyes de la robótica para aventar el complejo de Frankenstein, es decir que el ente creado se volviera contra su creador: "1) Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño". "2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley", dicen las normas imaginadas por el novelista en "Yo robot". Lástima que Asimov no pudo aplicar sus leyes sobre los tortuosos manejos de la mente humana, siempre reacia a los mandamientos y siempre tentada a convertirse en el Gran Hermano que extiende su ojo escrutador, con la excusa de poner orden en la sociedad.
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