Jorge Figueroa
Por Jorge Figueroa 07 Febrero 2013
Acusando lo que ahora se conoce como síndrome postvacacional, regresé al diario estos días; algo cargado sí, con una noticia que realmente me conmovió: el crimen de la pianista Myrtha Raia. Más allá de las consideraciones políticas del hecho (infaltables cuando se reinicia hoy la megacausa en la que participaba), me trajo un montón de recuerdos de la adolescencia; relatos mezclados entre una temprana militancia en el Gymnasium y el placer por la música, por ejemplo. Conocí en el colegio al hijo de Myrtha, Horacio Ponce, quien fue secuestrado (junio en 1977) junto a otros chicos de la 25 de Mayo al 600, como Gustavo Santillán y Ricardo Somaini, con quienes él compartía su activa militancia en el GET. Entre los confusos episodios de aquella época, en las que uno transcurría sus días con no menor vértigo que los actuales, tengo claro que muchos gymnasistas concurríamos algunos sábados por la tarde a una casa ubicada en la calle Italia, justo enfrente de lo que eran los cuarteles. Entre los primeros cigarrillos y salidas con las chicas de la Sarmiento, escuchábamos los ensayos y tocadas del grupo de rock que integraba Horacio. Con alguna ingenuidad, pero también con ideas claras, el rock y la militancia se unían en la adolescencia, en los tiempos en que Sui Generis (1974) se plantaba en el Instituto Técnico con un espectacular show. En fin, este crimen, misterioso, raro, realizado por un ladrón que no robó nada (político, sin dudas, cuando se lo contextualiza), y del que poco se informa sobre su investigación, abrió las puertas de la nostalgia, de una generación que, a su modo, vivió intensamente con sueños que aún hoy persisten y que nos marcaron para todo el viaje. Recuerdo de Raia que nos abría gustosa la casa de la calle Italia, y que se sentía orgullosa de Horacio.

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