HÉROE. Franco Barrera consiguió el empate parcial en los 90' y se encargó del tiro decisivo en la tanda de penales.
El fútbol es una batalla psicológica y en las finales se pelea, sobre todo, con la cabeza. En Perico, Tucumán Central lo entendió desde el primer golpe. Apenas iniciado el partido, Fabián Rivero abrió el marcador y la tarde se volvió espesa, ruidosa, incómoda. El “Rojo” quedó obligado a sostener una ventaja que ya no estaba en el tablero, pero sí en la memoria, construida con los dos goles de diferencia obtenidos en la ida. El empate posterior de Franco Barrera devolvió aire y pareció ordenar el caos, aunque fue apenas un respiro. La final se estiró hacia ese territorio traicionero donde el reloj pesa más que las piernas y cada pase se transforma en una prueba de carácter. Y cuando todo parecía encaminado, llegó el golpe más cruel: sobre el final, Rivero volvió a aparecer, estampó el 2-3 y cinco minutos después Marcos Coria igualó la serie y empujó la definición a los penales. Fue un gol con doble filo: esperanza pura para Talleres y un mazazo emocional para Tucumán Central, que debió recomponerse de inmediato para sobrevivir y terminar imponiéndose desde los 12 pasos por 4-2.
¿Cómo se sobrevive a un impacto así? ¿Cómo se recompone un equipo cuando la final se le escapa a minutos del cierre y el estadio entero empuja en contra? Tucumán Central respondió en silencio, sin gestos grandilocuentes, entendiendo que en ese instante el rival más peligroso ya no estaba enfrente, sino adentro. La cabeza empezó a jugar su propio partido y el “Rojo” eligió no desarmarse, no correr detrás del miedo, no caer en la desesperación.
TODOS JUNTOS. Titulares y suplentes posaron para la foto al salir al campo de juego.
Desde el inicio, el equipo de Walter Arrieta había asumido que la serie exigía inteligencia más que vértigo. Talleres, condicionado por la desventaja, salió decidido a romper la historia desde el primer minuto y encontró rápido su recompensa con el tanto inicial de Rivero. Tucumán Central, en cambio, apostó al control, a la paciencia y a la administración de los tiempos, una elección tan riesgosa como necesaria en una final. Ese choque de necesidades marcó el desarrollo del partido: urgencia contra templanza, empuje contra espera.
El paso de los minutos fue cargando de tensión cada acción. Las pelotas divididas empezaron a doler más que antes. Cada error parecía definitivo. Cuando llegó el empate de Barrera, el “Rojo” creyó haber encontrado el punto justo para cerrar la historia, pero Talleres no dejó de empujar. Nazareno Godoy movió el banco, mandó a todos al ataque y convirtió el cierre del partido en un asedio constante. Durante largos pasajes, el equipo periqueño empujó con la urgencia del que no tenía margen, sostenido por su gente y por la necesidad de forzar una vida más.
El premio llegó tarde, pero llegó. A los 82 minutos, Rivero apareció una vez más y desató la locura en Perico. El estadio explotó y Tucumán Central quedó frente a su desafío más grande: reponerse de un golpe que, en muchos casos, suele ser definitivo.
Los penales fueron la consecuencia lógica de una final jugada al límite. Ahí, la batalla psicológica terminó de inclinar la balanza. Tucumán Central mostró una frialdad que no había tenido en los minutos previos, ejecutó con convicción y entendió que ya no había lugar para dudar. El arquero Daniel Moyano se vistió de héroe al detener el remate de Rodrigo Morales y sostuvo al equipo en el momento más delicado. Franco Barrera, el mismo que había devuelto aire durante el partido, asumió la responsabilidad final y selló la serie.
Cuando el marcador indicó 4-2 desde los doce pasos, el “Rojo” no festejó de inmediato. Primero respiró. Después se abrazó. Había sobrevivido a una tarde cargada de golpes, nervios y finales dentro de la final. Es cierto: el camino todavía no terminó. Queda un partido más para el ansiado ascenso al Federal A, que se jugaría el 15 de febrero, aunque todavía no se conoce quién será el rival ni dónde será el encuentro. Pero en Perico, Tucumán Central dejó una lección silenciosa: en el fútbol -como en la vida- no siempre gana el que juega mejor, sino el que logra mantenerse de pie cuando la cabeza pide rendirse.








