Está el que vende bonsai sobre una de las veredas; los que transpiran a voluntad durante una clase de gimnasia; los que ni se anoticiaron de que el sol ya se fue y siguen con la ronda de mates; las acróbatas que se adueñaron de una rama bien fuerte y colgaron una tela fucsia bien larga; las parejas que salen a pasear el bebé en cochecito; los que se sacaron la ropa de trabajo y se calzaron las zapatillas para ir a dar unas vueltas; los que se besan en los bancos, los que se besan debajo de un árbol, los que se besan tirados en el césped; los que más que caminar se entrenan para una carrera olímpica; los abuelos que todavía se dan la mano; los que esperan el ómnibus, los enfermeros que acaban de salir del hospital de Niños; los niños que se resbalan de las manos de los padres y eso les causa gracia; los que están sentados y miran o piensan sin otra actitud que mirar o pensar, porque para esas cosas nunca hay tiempo; los estudiantes universitarios que se ponen al día después de las vacaciones; el linyera que se prepara para pasar la noche en ese banco desocupado; los que miran desde un balcón cómo la manza bulle.
Todos en una misma plaza, la San Martín. Todos a una misma hora, las 10 de la noche. Unidos por la casualidad de una noche de verano.
Todos en una misma plaza, la San Martín. Todos a una misma hora, las 10 de la noche. Unidos por la casualidad de una noche de verano.








