Gustavo Martinelli
Por Gustavo Martinelli 18 Enero 2013
Patoruzú, el cacique tehuelche, símbolo de la historieta argentina, cumplirá en marzo 85 años de su primera aparición. Creado por Dante Quinterno en 1928, fue el primer personaje que combatió el mal a fuerza de buenas acciones. De hecho, luchaba contra los villanos a poncho y boleadoras mucho antes que Batman y Superman. Era un Quijote con todas las virtudes humanas y tenía una debilidad especial por la familia... y por las empanadas de la Chacha. Por eso se hizo tan popular y exitoso: representaba la esencia argentina como ningún otro héroe de historieta. Es más: a lo largo de su octogenaria existencia, el indio tehuelche demostró que la única manera de que un país no pierda su identidad era defendiendo las raíces culturales contra todo embate colonizador. Y lo hacía con tal tezón que nadie se atrevía a contrarrestar sus acciones... ¡ahijuna, canejo!

Hoy, bien entrado el siglo XXI la lucha del inolvidable cacique parece haber caído en el olvido. En Tucumán, por ejemplo, hace tiempo que el patrimonio es pisoteado en aras del progreso. Un progreso que no duda en lacerar un parque, tirar abajo algún edificio emblemático o proyectar obras peligrosas en un bucólico palacete. Pero, además, aquí no sólo hay edificios históricos en ruinas. También existen confiterías (como la que se encontraba camino a San Javier), mansiones (aún quedan unas cuantas en toda la provincia), estaciones (algunas casi al borde de la extinción) y hasta portentos arquitectónicos (como el viaducto del Saladillo) que han iniciado ya un incomprensible camino hacia el olvido. No debería ser así. En Europa, por ejemplo, las ruinas tienen valor en sí mismas. No sólo por el papel que les tocó cumplir a lo largo de la historia, sino porque las actuales ciudades son, un poco consecuencia de esas ruinas. En Roma, caminar entre las columnas caídas del Foro o sentarse en una de las gradas del Coliseo genera una sensación imposible de olvidar. Porque esas ruinas nos conectan con la historia. Nos hacen vislumbrar la eternidad. Son, de alguna manera, las responsables de nuestro hoy. ¿Por qué entonces no sentimos lo mismo con nuestras ruinas? ¿Por qué cuando caminamos por los escombros de algún ingenio nos sentimos terriblemente tristes? ¿Por qué cuando vemos las fotos de los talleres de Tafí Viejo sólo atinamos a sentir bronca e impotencia? ¿Por qué cada vez que pasamos frente a la ex Cerámica Matas esquivamos la mirada para no toparnos con su paulatino desmoronamiento? Nuestra provincia también es consecuencia de todas esas ruinas. Pero no queremos asumirlo. Por eso sería mucho más constructivo que, en lugar de lamentarnos, nos comprometamos y luchemos a la manera del indómito Patoruzú, para que esa parte de nuestra historia no desaparezca sin remedio.

Y, en este sentido, el deber principal es del Gobierno, que debe generar los medios para que esos escombros de nuestra historia puedan recibir un trato justo. Otras ciudades supieron sacar provecho de sus ruinas e incorporarlas a sus nuevos trazados. Un claro ejemplo es Puerto Madero que, gracias a la inversión privada, se ha convertido en uno de los puntos más exclusivos de Buenos Aires. Otro tanto sucede en Rosario, que ha sufrido un crecimiento inmobiliario importante donde antes sólo estaba el su puerto. ¿Es posible que algo así pase en Tucumán? Por supuesto. Sólo se necesitan proyectos precisos e inversión. Una inversión que no debería venir sólo del Estado, sino también del sector empresarial. Un gran paso se ha dado ya con el rescate del ex mercado de Abasto. Pero aún falta mucho más. Porque si nos sentamos sobre las ruinas a lamentarnos por ese pasado de gloria que ya no volverá, nunca podremos evolucionar como sociedad. Y tampoco lo haremos borrando toda huella de nuestra historia.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios