14 Enero 2013 Seguir en 

Ausencia de educación. Intolerancia. Insatisfacción social. Desamor. Rechazo por el prójimo. Por el lugar propio. Agresividad. Incultura. Violencia. Son algunos (o todos) de los motores que empujan a los vándalos, es decir personas que cometen acciones propias de gente salvaje y desalmada. Ellos sienten seguramente una especie de placer en destruir columnas de alumbrado público, refugios para esperar los ómnibus, árboles, así como esculturas, bancos, canteros, los juegos de las plazas. Hace unos días, dedicamos un amplio espacio a los destrozos que efectúan a diario personas desaprensivas en los paseos públicos del radio céntrico.
Aproximadamente $40.000 mensuales le cuesta al municipio revertir los daños en las plazas Independencia, Urquiza, Belgrano, Alberdi, Yrigoyen, San Martín y Decididos de Tucumán (ex Rivadavia, ubicada frente al Hospital de Niños). La cifra representa $1.300 diarios y casi medio millón al año. Si se estropean esculturas, el mármol de las placas o los sistemas de riego, los costos se incrementan. "La agresión hacia el mobiliario y hacia el placero es impresionante. En algunos casos, llega a ser física. La gente confunde su rol con el de un poder represor que no tiene; simplemente se limita a señalar qué se puede y qué no se puede hacer", dijo el subsecretario municipal de Obras Públicas de la Municipalidad.
Los estudiantes y sus peleas, los skaters, los dueños de mascotas, los grafiteros, los inadaptados sociales se hallan entre los principales depredadores de los paseos públicos.
En 2008, en el área de Servicios Públicos, la Municipalidad de San Miguel de Tucumán invertía en 2008 alrededor de $20 millones anuales para reponer y mantener el mobiliario urbano. En 2009, la Subsecretaría de Servicios Públicos de la Municipalidad capitalina difundió un relevamiento sobre los espacios verdes de la ciudad, sobre el cual se había diseñado un plan para su recuperación. Se contabilizaron en ese entonces siete parques, 73 plazas, 89 plazoletas y 14 lugares con vegetación.
Sería muy difícil que cada paseo público tuviese una vigilancia policial durante las 24 horas. Se trata, por cierto, de un problema cultural. Una buena parte de los tucumanos carece de identidad o de un sentido de pertenencia, y no asume que los bienes sociales son de todos y, en consecuencia, debemos cuidarlos. La falta de educación cívica es, por cierto, alarmante. Ello se refleja, por ejemplo, en los enormes basurales que se limpian y a las pocas horas renacen por obra y gracia de los carreros y de los vecinos desaprensivos.
El Estado, por cierto, está obligado a reparar los bienes públicos que se estropee, pero habría que profundizar en la educación la instrucción cívica. Como sugerimos en alguna oportunidad, para comenzar, una vez al mes, se podría llevar a los alumnos de una escuela a la plaza del barrio para que elaboraran un registro sobre el estado de los árboles, de las plantas, de los bancos, de la caminería, de los juegos, del parquizado, de las estatuas. Otro día, con el asesoramiento municipal, se podría incentivar a los mismos chicos -acompañados por los padres- a reparar lo que está deteriorado. Se podría trabajar con los centros vecinales.
"Pero cuando las ganas de hacer daño son grandes, parece que no hay obstáculos", sostiene un cuidador de la plaza Urquiza. Seguramente, a mayor educación, menos vandalismo, y una ciudad mejor cuidada.
Aproximadamente $40.000 mensuales le cuesta al municipio revertir los daños en las plazas Independencia, Urquiza, Belgrano, Alberdi, Yrigoyen, San Martín y Decididos de Tucumán (ex Rivadavia, ubicada frente al Hospital de Niños). La cifra representa $1.300 diarios y casi medio millón al año. Si se estropean esculturas, el mármol de las placas o los sistemas de riego, los costos se incrementan. "La agresión hacia el mobiliario y hacia el placero es impresionante. En algunos casos, llega a ser física. La gente confunde su rol con el de un poder represor que no tiene; simplemente se limita a señalar qué se puede y qué no se puede hacer", dijo el subsecretario municipal de Obras Públicas de la Municipalidad.
Los estudiantes y sus peleas, los skaters, los dueños de mascotas, los grafiteros, los inadaptados sociales se hallan entre los principales depredadores de los paseos públicos.
En 2008, en el área de Servicios Públicos, la Municipalidad de San Miguel de Tucumán invertía en 2008 alrededor de $20 millones anuales para reponer y mantener el mobiliario urbano. En 2009, la Subsecretaría de Servicios Públicos de la Municipalidad capitalina difundió un relevamiento sobre los espacios verdes de la ciudad, sobre el cual se había diseñado un plan para su recuperación. Se contabilizaron en ese entonces siete parques, 73 plazas, 89 plazoletas y 14 lugares con vegetación.
Sería muy difícil que cada paseo público tuviese una vigilancia policial durante las 24 horas. Se trata, por cierto, de un problema cultural. Una buena parte de los tucumanos carece de identidad o de un sentido de pertenencia, y no asume que los bienes sociales son de todos y, en consecuencia, debemos cuidarlos. La falta de educación cívica es, por cierto, alarmante. Ello se refleja, por ejemplo, en los enormes basurales que se limpian y a las pocas horas renacen por obra y gracia de los carreros y de los vecinos desaprensivos.
El Estado, por cierto, está obligado a reparar los bienes públicos que se estropee, pero habría que profundizar en la educación la instrucción cívica. Como sugerimos en alguna oportunidad, para comenzar, una vez al mes, se podría llevar a los alumnos de una escuela a la plaza del barrio para que elaboraran un registro sobre el estado de los árboles, de las plantas, de los bancos, de la caminería, de los juegos, del parquizado, de las estatuas. Otro día, con el asesoramiento municipal, se podría incentivar a los mismos chicos -acompañados por los padres- a reparar lo que está deteriorado. Se podría trabajar con los centros vecinales.
"Pero cuando las ganas de hacer daño son grandes, parece que no hay obstáculos", sostiene un cuidador de la plaza Urquiza. Seguramente, a mayor educación, menos vandalismo, y una ciudad mejor cuidada.
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