Un año con inflación, baja actividad y varias dudas

El crecimiento fue prácticamente nulo: el año concluirá con una suba del Producto Bruto Interno (PBI) de apenas el 0,8%. Otro rasgo distintivo fue la llamativa dinámica del proceso inflacionario: los precios se aceleraron sensiblemente, pese al notorio enfriamiento de la economía.

 REUTERS (ARCHIVO)
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30 Diciembre 2012

Análisis de Federico Muñóz, director de Federico Muñóz y Aosciados.


El 2012 no ha sido un buen año para la economía argentina. El escaso dinamismo del nivel de actividad, la elevada (y creciente) inflación, varios brotes de fuerte incertidumbre y un cierre convulsionado en el plano social justifican esta calificación preliminar.

Al ingresar a 2012, la economía argentina ya había perdido los valiosos activos macroeconómicos que sustentaron la gestación de la larga fase de bonanza que disfrutamos en los últimos 10 años; a saber: la estabilidad de precios, el tipo de cambio competitivo y los superávit gemelos. Estos activos conformaban un escenario de consistencia macroeconómica que, en la primera etapa kirchnerista, había dotado a la economía de estabilidad y previsibilidad.

Si la pérdida de estos activos macro se venía dando de manera progresiva, el año pasado se verificó una novedad particularmente perturbadora: la evaporación de la holgura externa. En efecto, 2011 fue el primer año con balance cambiario negativo y, por ende, el primero en el que el Banco Central perdió reservas.

Nerviosismo
El kirchnerismo (mal) interpretaba a las reservas en alza como un aval de calidad o signo inequívoco de buena salud macroeconómica. Al perder ese amuleto, el Gobierno fue ganado por el nerviosismo y cometió un error severo. En vez de combatir el exceso de demanda de divisas con una aceleración del ritmo de depreciación de la moneda (para eso teníamos un tipo de cambio flexible), las autoridades pergeñaron una controversial estrategia represiva: procuraron restaurar el equilibrio del mercado cambiario mediante la instalación de múltiples restricciones a la demanda de divisas.

Esta decisión fue crítica para forjar el devenir económico del 2012. Si la pérdida de los activos macro ya garantizaba un deterioro del desempeño de la economía, esta peculiar reacción de política económica terminó de condenarnos a un desempeño económico muy mediocre.

El cepo cambiario instaló un clima de enorme incertidumbre. Las restricciones a las importaciones complicaron procesos productivos. Y la prohibición del giro de utilidades dañó el clima de inversión. Este cóctel de reacciones provocó una sensible declinación del nivel de actividad durante el primer semestre.

Lo irónico del caso es que esta estrategia oficial tampoco fue eficaz para lograr el cometido que se había propuesto: frenar la pérdida de reservas. Tras un breve repunte hasta mayo, las reservas retomaron luego su tendencia declinante y cerrarán el año casi U$S 3.300 millones por debajo del nivel en que lo habían empezado.

Otras vías de escape
El fracaso de la estrategia oficial para defender las reservas obedeció a que si bien el Gobierno frenó eficazmente la salida de divisas por diversos canales (importaciones, compra para atesoramiento, giro de utilidades), abrió otras vías de escape hasta entonces cerradas (la principal, la fuga de depósitos en divisas). Además restringió drásticamente el ingreso de dólares financieros; una fuente de divisas que era más importante de lo que se cree. El crédito externo, que en 2011, había aportado en términos netos un ingreso de divisas por U$S 10.650 millones, en los tres primeros trimestres de 2012 generó una salida de U$S 4.225 millones. Todo esto, en un contexto de merma de dólares comerciales por el impacto de la sequía sobre el saldo exportable agrícola.

En la segunda mitad del año, el nivel de actividad dejó de caer, merced a un raro y paradójico efecto reactivante derivado de la instauración del cepo cambiario. La prohibición a la compra de divisas destinadas a atesoramiento privó al público del vehículo preferido para el ahorro, lo que operó a su vez como un incentivo para el gasto. De todos modos, la incipiente recuperación dista mucho de ser vigorosa: el año se cerrará con un aumento del Producto Bruto Interno (PBI) de apenas 0,8% (según proxies privados).

Mercado laboral
El ritmo de creación de empleo no sólo se frenó por el estancamiento económico, sino también por el fuerte encarecimiento relativo del factor trabajo. Tras casi una década de aumento sostenido del salario real, la mano de obra argentina se ha tornado muy cara, tanto para los parámetros regionales como respecto a otros factores (el precio relativo Trabajo/Capital importado está en el mínimo de dos décadas).

Otro rasgo distintivo del 2012 fue la llamativa dinámica de la inflación: los precios se aceleraron sensiblemente pese al notorio enfriamiento de la economía. Comenzamos el año con una inflación del 21% y se cierra en torno del 26%.

Este comportamiento paradojal de los precios (inflación en alza con economía estancada) se explica básicamente por el jubileo monetario derivado del profuso financiamiento del Banco Central al fisco. En este 2012, el Central transfirió al Tesoro el equivalente a casi U$S 19.000 millones (entre pesos y dólares).

El dominio fiscal de la política monetaria derivó en un aumento explosivo de la oferta de dinero, pues el BCRA emitió a destajo para transferir pesos al fisco y para acumular reservas (que luego cedería al fisco para cancelar deuda). Así las cosas, tanto la base monetaria como el agregado M2 cierran 2012 creciendo a un ritmo anual cercano al 40%; crecimiento que opera como generoso combustible a las alzas de precios.

Cuentas públicas
La masiva asistencia financiera del Banco Central al fisco no es casual, sino lógica consecuencia del deterioro de las cuentas públicas. 2012 será el primer año de la era kirchnerista con déficit primario, en tanto que el resultado financiero (luego del pago de intereses) sería un déficit equivalente a 2,3% del Producto Bruto Interno.

El año se cerró en un tono amargo por culpa de los saqueos que se multiplicaron en todo el país. Más allá de la posible intervención de instigadores con motivaciones políticas, no se puede ignorar que en la sociedad argentina queda todavía una enorme masa crítica de desposeídos; potenciales protagonistas de este tipo de acciones. Es que, pese a la persistencia del crecimiento económico, los avances en la lucha contra la pobreza en los últimos cuatro años han sido más bien modestos. La inflación no sólo opera como una distorsión que ya perturba claramente la dinámica económica, sino que cada vez hace sentir más su efecto deletéreo en el plano social.

En suma, el 2012 probablemente quede en la historia como el principio del fin de la larga era de bonanza que nos deparó la economía kirchnerista. La acumulación de vicios y distorsiones en la gestión económica comienzan a pasar la factura.

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