Entrevista a Aileen El Kadi: "Estados Unidos necesita al latino y, al mismo tiempo, lo deporta"
Sam no es mi tío es un libro voluminoso y heteróclito que contiene una veintena de crónicas migrantes de autores diversos: el sueño y la decepción de Eloy Urroz, la voz impactada de Daniel Alarcón, los cambios de humor de Santiago Roncagliolo, los quesos de Joaquín Botero, el policial negro de Diego Osorno, el viaje íntimo de Carola Saavedra, el periplo kafkiano de Camilo Jiménez. El libro es una babel de sensaciones y de utopías desencantadas. De esos asuntos hablamos el 22 de noviembre, en Yerba Buena.
AILEEN EL KADI

Por Fabían Soberón
PARA LA GACETA - TUCUMÁN
Aileen El Kadi vive en El Paso, cerca de la frontera con México. Ahí mismo, en ese pueblo mínimo, vive el escritor Cormac Mac Carthy. Cuando empezamos el largo diálogo me contó que lo veía sentado en la mesa solitaria de un bar, parco. Y me habló de la frontera con Ciudad Juárez, la ciudad de los repetidos asesinatos a mujeres.
Los tres meses utópicos y desenfadados que pasé recientemente en las tierras del tío Sam cambiaron la idea que tenía de EEUU. Las crónicas heteróclitas y rumiantes de Sam no es mi tío, me hicieron ver de nuevo algo que yo había vivido en ese viaje inolvidable.
Aileen estuvo contenta, agitada, impetuosa. Habló de los años en EEUU, de su familia, de Tucumán, de los primeros años en Brasil y de la crónica, ese género poroso y avasallante, mezcla de ensayo y narración que permite la confesión y la mirada luminosa sobre el viaje.

- Sam no es mi tío es un buen nombre, un título apropiado. ¿Por qué este nombre? ¿Qué es lo que ustedes pensaron sobre este título?
- Curiosamente, el título no es nuestro. Habíamos hecho una lista de títulos posibles para el libro. Lo mandamos a votación entre los cronistas que participaban, y salió elegido Wi de pipol, escrito con la fonética del español. El título era una mirada irónica sobre la cuestión lingüística del uso hispano-hablante que se ve obligado a aprender el inglés y también en referencia a la idea de la Constitución en EEUU (We the People). Nos gustaba el título y lo defendimos hasta el último minuto. Pero la editora dijo que buscáramos otro y casualmente, Casandra Badillo, una de las editoras de Alfaguara nos propuso Sam no es mi tío. Ese mismo día cuando ella y su esposo volvían a su casa, vieron a la persona que aparece en la tapa. Era un señor cubano que trabajaba anunciando un lugar de impuestos en la calle. Le ofrecieron hacer una sesión de fotos, y cuando las vimos dijimos: ¡ese es nuestro Tío Sam latino! ¿Cuál es la idea que está detrás de todo esto? El Uncle Sam yankee original, del cartel "I Want You", es una personificación del gobierno norteamericano desde principios del siglo XIX. En el siglo XX fue usado para reclutar soldados para las guerras, o sea un Tío Sam militarista y oficialista que pide vidas para defender una nación. Mucha agua pasó bajo el puente, los latinos llegaron de todas partes, y ahora EEUU necesita al latino para sus guerras, para el voto, para la industria, para la economía, para el campo. Pero al mismo tiempo nos deportan, no quiere que entremos, no quieren incorporarnos como parte de su nación. Demasiado tarde, ya estamos aquí, y les damos nuestras vidas; entonces la pregunta se resignifica. ¿Qué van a hacer ustedes, los norteamericanos, con nosotros, los latinoamericanos? Sam no nos define, no es nuestra sangre, nuestro tío, pero se ha convertido en nuestro pariente bastardo (y nosotros en sus sobrinos molestos). Ni nosotros lo reconocemos como familia, ni él a nosotros, pero tenemos que convivir en una misma casa.
- Yo pensaba en la negación, sobre todo: Sam no es mi tío. Sam es el tío de los estadounidenses. Pero los latinos no son sobrinos del tío Sam. O son unos sobrinos bastardos.
- Claro, la creación del tío Sam es una creación oficialista. Y sigue siendo. Nuestro discurso contestatario no es en contra del norteamericano, pero sí es un cuestionamiento a toda la oficialidad, al statusquo del gobierno norteamericano, especialmente con el cambio en la mirada al inmigrante que se produjo a partir del 9/11.
- ¿Por qué eligieron el género de la crónica y no la ficción para trabajar con la idea de la frontera, de la comunicación entre territorios?
- El último libro que habla de la relación EEUU y Latinoamérica es de 1999/2000, editado por Edmundo Paz Soldán y Alberto Fuguet, y era un libro de ficciones. Esa fue una respuesta. Pero en el contexto crítico en el que nosotros empezamos a trabajar esta antología hace dos años atrás, con Diego Fonseca pensamos que teníamos que dar una respuesta más "real", relatos de experiencias propias narradas en primera o tercera persona. Es decir, crónicas. De ese modo podríamos narrar la experiencia y mirada de una persona de clase media, intelectual, y no la del habitante rural que se cruza al país vecino buscando mejores condiciones de vida. Considerábamos que la crónica era el género que podría ofrecernos eso. Es un género maleable que incorpora distintos componentes de la ficción y del periodismo narrativo sin alejarse de los hechos reales. Es un poco la negociación entre la ficción y el periodismo. Para algunos de los escritores de ficción era la primera vez que publicaban una crónica y que narraban su experiencia en EEUU.
- ¿Con qué criterios seleccionaron las crónicas?
- No queríamos elegir solo a los ya conocidos cronistas latinoamericanos. La idea era ofrecer una multiplicidad de voces, distintos puntos de vista, la del académico, el escritor de ficción y el periodista. Por otro lado queríamos gente polémica, audaz, creativa, filosa. Desde el principio quisimos que el libro fuera polémico. Tuvimos un criterio político, pero también un criterio estético. Diego y yo conocíamos a varios de ellos personalmente y al invitarlos todos aceptaron escribir una crónica para nuestro libro. Realmente funcionamos como un (buen) equipo.
- Me gustaría que ahondes en el costado político del libro. Citando a Raymond Carver: ¿de qué hablamos cuando hablamos de política?
- En EEUU, más que en cualquier lado, ser inmigrante, ser latino, es controversial, es político. La persona que se va de su país y entra a EEUU, aunque no tenga un posicionamiento político activo, en su vida cotidiana está siendo político. Desde el momento en que tenés que decidir si usas el inglés o no, o qué van a hacer tus hijos en ese país, si festejas el Thanksgiving, estás llevando a cabo actos políticos. Desde el 2001 el inmigrante es visto, sobre todo, negativamente; la actitud xenófoba, que antes se manifestaba en contra del negro, se vertió hacia el latino y el árabe. Pero, ¿qué significa ser latino? Por ejemplo, ¿qué une al ciudadano rural mexicano que cruza la frontera para trabajar en las plantaciones, con el cubano rico que vive en Miami, republicano y que apoyó a Romney? Ambos son latinos, ¿no? El concepto en sí es muy problemático. Otro ejemplo: dentro de Nueva York, o de Washington DC, hay zonas en barrios de puertorriqueños que no son visitados por dominicanos, y a la inversa. La fantasía te lleva a creer que todos los latinos conviven pacífica y armoniosamente festejando sus tradiciones abrazados. Es falso. EEUU es un país de contradicciones como cualquiera, pero queríamos que esos conflictos aparecieran en el libro.
- En el prólogo ustedes dicen: "Ya no hay identidades. Hay identificaciones". Me gustaría que hables sobre estos conceptos.
- Yo estudié acá, en la Universidad en Tucumán. El discurso de mis profesores-formados entre los 60 y los 80- estaba relacionado, mayormente, con la izquierda. Yo sentía en mi facultad que si no era 'zurda' me podían excluir. Tenías que apropiarte de una serie de términos y 'rituales' grupales para ser aceptada. Sinceramente, creo que el discurso de la identidad es un discurso que funcionó entre los 60 y los 80, pero que desde entonces solo impide el cambio y la renovación de ideas. Hablar de identidad ahora, creo, es ser acrítico, es no cuestionar posicionamientos políticos monolíticos y cerrados, impedir la pluralidad y el diálogo. Cuestionar, parecía ser ir en contra de 'las víctimas sociales' o ser de derecha, y creo que eso es falso. Las identidades afirman: soy latino, soy gay, soy chicano, soy argentino o brasilero, soy zurdo. Bien. ¿Eso qué significa? ¿Qué hay detrás de esas construcciones? ¿Todos los gays deben pensar, comportarse, decir de forma homogénea? El concepto de identidad no permite la porosidad que da la multiplicidad de discursos. Cuando hablo de identificaciones, me alejo de la idea de identidad, identificarse con algo te libra del tener que rechazar o abrazar un concepto pre-fabricado y cerrado. Yo elijo esto, rescato lo otro, o rechazo el otro aspecto de una cultura. Me identifico con algo pero no soy ese algo. Creo que la mirada del latino sobre EEUU ya no es que EEUU es solo Miami o que EEUU es sinónimo de imperialismo. Yo apunto a romper cualquier construcción homogénea y monolítica y quiero fragmentar todo lo que se nos presentaba en los 80 como estándar e incuestionable.
- Ustedes lo mencionan en el prólogo y al leer las crónicas se percibe fascinación y el rechazo de y por EEUU. ¿Esa relación contradictoria, ese vínculo contradictorio se potencia en el nuevo siglo o es solo la continuación por otros medios de algo que existe desde el siglo pasado?
- La fascinación y el rechazo por EEUU ya están en las crónicas de Martí. Esas son crónicas ambiguas. Martí no podía alejarse de la fascinación y del rechazo. Es algo que existió y que continúa existiendo, pero que fue mutando con los años. Yo creo que uno adoptaba el rechazo del que hablaban los mayores, pero sin perder la fascinación. Cuando vos rechazás pasionalmente algo es porque estás fascinado con eso. Creo que todos los que fuimos a EEUU, de una manera u otra, teníamos alguna atracción o fuerte curiosidad por el país. Por ejemplo, Camilo Jiménez nunca fue a EEUU. Entonces él reconstruye EEUU a partir de fragmentos de arte, música y lecturas, de lo que significaban los 60 para él. Yo creo que nadie puede sentirse ajeno al espacio simbólico de los EEUU. Hasta la persona más aislada tiene idea de lo que significa el poder de ese país.
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