El cronista del sepelio de una civilización

04 Noviembre 2012

Coincido con Julio Rougés en que los males de los totalitarismos comunistas no pueden ser olvidados, ignorados, justificados ni ocultados. Tanto, que el artículo con el cual él polemiza lo dice. Y no una vez. Ni con sola una voz. Roberto Pucci y Patricia Kreibohm machacan sobre los "silencios" de Eric Hobsbawm sobre el stalinismo. Él llamaba "excesos" a lo que era Terror de Estado y asesinato de millones de humanos, durante ese régimen con el cual el capitalismo celebró una alianza, que hizo posible derrotar al nazismo y al fascismo para que hoy Europa exhiba un vasto paisaje de democracias liberales.

¿Fue indulgente Hobsbawm con las atrocidades del comunismo? Lo fue. Y precisamente, el artículo también da cuenta de una condición obvia, pero olvidada: era un hombre. Condicionado por su propia historia: nacer en una familia judía contemporánea a Hitler, el genocida que se suicidó cuando el Ejército Rojo, tras destrozar el frente oriental alemán, tomó Berlín.

¿Hay que perdonar por ello el mutismo de Hobsbawm? No. ¿Hay que impugnar toda su obra por eso? Tampoco. No fue el primero ni el único, pero sí uno de los historiadores que describió con más claridad el derrumbe de la civilización occidental del siglo XIX. "Esa civilización -describió- era capitalista desde el punto de vista económico; liberal en su estructura jurídica y constitucional; burguesa por la imagen de su clase hegemónica característica; y brillante por los adelantos alcanzados en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la educación, así como del progreso material y moral. Estaba profundamente convencida de la posición central de Europa". El siglo XX, durante los 30 años en que se libraron las dos peores guerras de la historia, le dio sepultura.

Por eso, discrepo con la impugnación total de Rougés: "Hobsbawm no puede -no debe- 'explicar' el siglo XX soslayando los genocidios del estalinismo". Claro que puede. De hecho, pudo. Y en buena hora que no en calidad de verdad revelada ni de historiador indiscutible. La historia es de quienes la prolongan, por ejemplo, debatiéndola: no es de quienes la secuestran. Porque esa historia es imperfecta, opinable y abierta, esta polémica es posible, mientras Rougés habla de la "tolerante Gran Bretaña". Porque si por callar los horrores del comunismo Hobsbawm queda invalidado (y si por eso no puede decirse -ni titularse- que explicó la centuria pasada como pocos), la próxima curva en la espiral de silencios consistiría en algo así como "Rougés no puede -no debe- críticar a Hobsbawm hasta que abjure de llamar tolerante a Gran Bretaña y denuncie de su imperialismo los ultrajes coloniales, las 'Leyes Coercitivas' (que los colonos norteamericanos llamaron -nada menos- 'leyes intolerables'), las Guerras del Opio, la inconvertibilidad de la libra, la ocupación de Malvinas...". Claro que Rougés, pese a ello, puede objetar a Hobsbawm. De hecho, pudo y de manera inquietante, propio de su condición de abogado brillante, lo cual ha quedado objetivamente demostrado en un concurso público tras otro por la magistratura federal.

Por lo mismo, Hobsbawm sigue explicando el siglo XX como pocos, con el crujir capitalista como música de fondo.

Alvaro José Aurane - Tucumán

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