En el corazón de "La Bombilla" se enseñan lecciones para toda la vida

Los docentes enseñan incluso lo que no está en los libros. Un colegio privado pero gratuito.

CON LA FUNDADORA. Los chicos en la sala de computación, junto a Gioconda Perrini, a quien todos llaman la hermana, aunque ya no lleve hábito. LA GACETA / FOTO DE OSCAR FERRONATO
CON LA FUNDADORA. Los chicos en la sala de computación, junto a Gioconda Perrini, a quien todos llaman "la hermana", aunque ya no lleve hábito. LA GACETA / FOTO DE OSCAR FERRONATO
Por Magena Valentié 20 Octubre 2012
Era la primera vez que le pasaba algo así. No sabía si alegrarse o llorar. Estaba asustada. ¿La entendería su madre? Por las dudas, prefirió ir a lo seguro. "Profe...", dijo Flor Fernández con una vocecita que no es la de una joven de 18 años sino la de una niña de seis. "Tengo que hablar con usted". Mercedes entendió que había algo más importante que su clase de matemática. "Profe, estoy embarazada", confesó por fin. Y ambas se ciñeron en un abrazo sin tiempo.

En la escuela secundaria "Solidaridad y Paz" que fundaron la ex religiosa Gioconda Perrini y un grupo de jóvenes, la emoción no se toma recreo. Los docentes enseñan lo que no está en los libros. Y los alumnos aprenden lecciones para toda la vida.

Todos viven por la zona, en el barrio Juan XXIII -conocido como "La Bombilla"-; algunos todavía van al comedor Don Bosco, que les queda cerca, y por la tarde meriendan en la escuela con las tortillas que compran los docentes cuando se retrasa el programa del Gobierno. Sin embargo, saben que nadie es tan pobre como para no tener nada para dar. Por eso disfrutan de los Campamentos Solidarios que organiza el colegio una vez al año para ayudar a otras escuelas.

"Esta vez viajamos a Leales. Les llevamos ropa y zapatillas a los chicos, y les pintamos nosotros mismos la escuela", cuenta divertida Flor, que muestra con orgullo su pancita de cuatro meses. La profesora Mercedes le habló mucho sobre la importancia de que el bebé nazca en una familia. "Me caso la semana que viene", anuncia feliz. "Con mi novio ya estamos levantando una piecita en el fondo de la casa", remata.

Seguramente el patio de la escuela, pequeño para los casi 200 alumnos de los turnos tarde y noche, va a estar de fiesta. Ahí está el corazón del edificio, donde laten las cosas importantes. Como aquel día en que Flor llegó tarde, como siempre, y se encontró con todo el colegio en silencio, escuchando al director: "en verdad les digo que si no aparece el celular hoy mismo, se suspende la fiesta del Día del Estudiante". "Era la primera vez que se perdía algo de valor. Los profesores ya habían comprado gaseosas y comida. ¡Qué bronca!", recuerda la joven.

En un último intento, "el dire" Gustavo Medina (psicoanalista y a la vez técnico de las computadoras, además de profesor), intimó al ignoto ladrón a dejar lo sustraído en la dirección; él prometía no revelar jamás su nombre. No hizo falta. Al rato apareció una alumna con el celular en la mano, que enviaba el "arrepentido". Nunca más se habló del asunto ni se culpó a nadie, y los chicos tuvieron su fiesta.

Una vez más daba sus frutos la pedagogía del amor y la solidaridad. Otra vez se justificaba el esfuerzo de los 46 profesores que pagan entre todos las boletas de la luz y el agua, que completan el sueldo de la conserje porque lo que aporta el Gobierno es una miseria; que compran las rifas de los alumnos para que se puedan ir de gira; que dictan talleres de teatro gratis, y que, sobre todas las cosas, comparten cada alegría y tristeza de los chicos asumiendo sus problemas como propios.

Teatro y comunidad
Suena extraño pero Antonella Villagra, a los 17 años, ya sabe que estudiará Filosofía cuando se reciba. "Me gusta saber lo que piensa el hombre", sorprende. "Los profesores me alientan", justifica. Por ahora se conforma con el taller de teatro de los miércoles a la noche. "La obra es un musical hecho por nosotros, con la ayuda de los profes. Ahí mostramos lo que pasa en el barrio..., la droga, la violencia, la falta de trabajo… Nos sirve para pensar por qué pasa eso, por qué vivimos así", reflexiona la futura filósofa.

"Este es un colegio humilde, pero el mejor de todos -arriesga Belén Romano-. Si te ven mal, los profesores te preguntan qué te pasa, te ayudan y te escuchan. Si faltás varios días van a buscarte. Son amables y te aseguro que nos tratan mejor que en nuestras propias casas".

Desde hace 24 años, la escuela "Solidaridad y Paz" es la institución más importante del barrio. Aunque al frente hay una secundaria estatal enorme, son pocos los que van. Prefieren estar apretados en "la escuela de la hermana Gioconda", de donde egresaron chicos que ahora estudian en la universidad. Otros regresaron con sus títulos para enseñar a las nuevas generaciones. Nadie se va así nomás de donde recibió tanto cariño. Ni siquiera Doña Negrita, alumna del turno noche: cuando falleció la llevaron en cortejo fúnebre hasta el patio del colegio para que se despidiera de sus compañeros. Estas cosas se aprenden en la escuela de "La Bombilla" y no se olvidan jamás.

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