El fugaz e inolvidable paso de una estrella

Jon Anderson brindó un show bello, profundo y conmovedor en el San Martín. Su voz bastó para repasar clásicos de la historia del rock

ESTE INSTRUMENTO CHINO QUE NO SÉ CÓMO SE LLAMA... Además de cantar contó anécdotas impagables. "ESTE INSTRUMENTO CHINO QUE NO SÉ CÓMO SE LLAMA..." Además de cantar contó anécdotas impagables.
Guillermo Monti
Por Guillermo Monti 04 Octubre 2012
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La religión de Jon Anderson es la de la vida. Cree en la naturaleza, en las estrellas, en el poder del amor. Irradia un mundo interior riquísimo y feliz. Lo seguro, lo irrefutable, es que mantiene un contacto con seres mágicos. Con las criaturas de los bosques y de los hielos. Ha firmado un pacto con ellos. Anderson es su más ferviente defensor, y ellos, despojados de la fantasía y de los mitos, al fin y al cabo terrenales, le regalaron el don de la voz.

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¿Cómo explicarlo? Anderson se ha sentado frente al piano. Casi no presiona las teclas. Las acaricia, las recorre con amigable respeto. Está cantando "Close to the edge" casi en un susurro, hasta que frena, cierra los ojos y construye un medley con "Heart of the sunrise". Ese fraseo, delicado, le brota de algún lugar mucho más profundo que el corazón. Anderson está ofreciendo una de las piezas más bellas y profundas que se hayan escuchado en muchísimo tiempo en Tucumán. Es tal el silencio en el San Martín que oprime los sentidos. Y para nada satisfecho con semejante cachetazo emocional, Anderson canta "Marry me again". Inevitablemente, estimado lector, en ese preciso momento, este cronista lloró.

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Porque quien está frente a un público devoto es un generoso pedazo de la historia del rock. Recorriendo el mundo con una pila de clásicos a cuestas, convenientemente arreglados para guitarra acústica. Anderson los desgrana con muchísimo placer. ¿Vieron esas estrellas que están de vuelta? ¿Esas que escupen sus viejos éxitos en un alarde de condescendencia? Anderson las pisotea con una lección de profesionalismo. Pero sobre todo de pasión por su arte.

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"Les dije a los muchachos de Yes: hagamos un reggae. Y ellos contestaron: no tocamos reggae". ¿Será verdad esa historia de hace 40 años? ¿Importa? Anderson la utiliza para meternos en "A time and a word"... en plan reggae, por supuesto. Y la remata con un minihomenaje a Bob Marley, obligándonos a entonar "one love..." Esa, inolvidable Facundo Pereyra, donde quiera que estés, fue para vos.

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Anderson es el tío cool que todos queremos tener. El invitado de honor a un asado que se precie de tal. Es gracioso, querible, capaz de contar un chiste malísimo (¡el del pingüino que entró al bar!) y de narrar esas anécdotas que dejan a todos con la boca abierta. Como sus encuentros con Joe Cocker y Paul McCartney. O aquella vez que, siendo dos chiquilines en un pub de Birmingham, compartieron algo de grass con Robert Plant. O las desopilantes aventuras con Vangelis. Todo en inglés, pero en un inglés de academia, absolutamente descifrable. Del castellano apenas se ocupó para saludar, para disparar algún "Tucumán" (aclarando que le gustaría saber qué significa la palabra). Cosas así.

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La ascética puesta -velas, candelabros, luces indispensables- pasa inadvertida. La puesta es Anderson. Su manejo del escenario, su estampa de hippie satisfecho, los instrumentos básicos. ¿Hace falta más? Si cuando empieza a cantar las dimensiones se entrechocan.

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De movida nomás recordó que fue el fundador y la voz de Yes durante cuatro décadas. Tiró un par de compases de "Open" -su última composición, solo disponible en iTunes- y los enganchó con "Yours is no disgrace". Y para calentar los motores apuró "Sweet dreams" y "Long distance runaround". Siempre con el rasgueo de guitarra y un juego vocal absolutamente imposible de emular. ¿Querían más Yes? Ahí va: "Starship trooper" (primera gran ovación), "Give love each day", "And you and I", "Ritual", "I've seen all good people", "Roundabout", "Owner of a lonely heart".

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"Tony and me", tema en el que relata las andanzas con su hermano, vino con regalito: la interpolación de "Give peace a chance", como tributo a Lennon. También hubo tiempo para "America", de Paul Simon; el superhit "I'll find my way home", del dúo con Vangelis; y el último golpe de horno para que la torta fuera perfecta: un cover de "A day in the life" con ukelele. Sí.

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Así que después de despedir el último bis -la entrañable "Soon"- Anderson mira para todos lados, saluda y se va tan campante. ¿Será consciente de lo que son capaces de provocar su voz y su poesía entre los simples mortales? 

En primera fila

Con todos los sentidos dispuestos a oír.- Alberto Yraidim (foto izquierda) se define como un "fanático a muerte" de Jon Anderson. Lo escuchó primero en su etapa junto a Vangelis, y a los 15 años (ahora tiene 25) escuchó Yes con el disco "90125" y después "Close to the edge". "Me gusta el rock progresivo por sobre todas las cosas, escucho mucho Genesis, Emerson Lake and Palmer, Pink Floyd...", contó. Alberto es no vidente pero eso no le impide estar haciendo la carrera de Inglés, tocar el teclado y cantar. Sus oídos funcionan de maravilla. 

Plantón y caras largas.- En la UTN tenían pensado entregarle una distinción como Personalidad de la Cultura a Anderson, pero pegó el faltazo y dejó plantada al aula magna repleta. La ceremonia será hoy a las 15 en Rivadavia 1.050.

¿Las habrá visto?.- No sabemos si Jon se habrá dado cuenta, pero en las entradas estaba mal escrito su nombre: decía John, con hache (foto). ¿Grave? Habría que preguntárselo a él, ya que en un principio su nombre era así y más tarde decidió sacarse la letra. 

Instrumento poco visto.- Además de las cuerdas y el teclado, el ex Yes le puso ritmo a sus canciones con un pedal de percusión conocido como Stompbox (foto del medio) al que castigó con sus psicodélicas zapatillas flúo. A falta de baterías...

Onda expansiva.- Entre los varios músicos que asistieron al concierto -Daniel Amani, Patricia y Humberto Salazar, Chechi Bazzano- se encontraba el folclorista Lucho Hoyos. Según confesó, la música de Anderson influyó considerablemente en su formación. "El laburo de tipos como él me ayudó a mirar al folclore de otra manera, desde el momento en que te invita a buscar otras formas y no solo con los códigos que estaban establecidos", explicó.

Recuerdos de juventud.- Varias canas se peinaron en la platea del San Martín y la sala se convirtió en una caja de buenos recuerdos. La profesora de inglés Cecilia Saleme recordó su infancia en Estados Unidos, donde escuchó por primera vez la música de Anderson, de la mano de su hermano. Volvió a esos tiempos pero acompañada de su hija -también Cecilia- quien descubrió el rock progresivo con Yes. "Cuando puse un disco y mi mamá se sabía la letra no lo podía creer", dijo. Mauricio Colombo, de 59 años (foto derecha), también recordó "los tiempos del vinilo".

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