EL MOMENTO TAN ESPERADO. Franco Veglia, presidente de la URT y José Pochat, gerente general de LA GACETA, entregan la copa a Nicolás Cipulli. LA GACETA / FOTOS DE JORGE OLMOS SGROSSO
Desde muy temprano, todos los caminos conducían a Marcos Paz. Con la paciencia de peregrinantes y la ilusión de un niño que desea el mejor juguete del mundo, los simpatizantes de Tucumán Lawn Tennis y los de Cardenales invadieron Yerba Buena. Las banderas de "benjamines" y la de los "purpurados" le dieron calor y color a esa ciudad. Hasta las flores de los lapachos de la avenida Aconquija se apagaron por un par de horas por el anticipo de la fiesta que se viviría en Tucumán Rugby.
La ansiedad se apoderó de los fanáticos que, por rogar un triunfo de su equipo, hasta se olvidaron de las incomodidades propias de una cancha que resultó chica para la cantidad de público que asistió. Y si de descuidos se trata, la barra del parque 9 de Julio se llevó un título especial: ni se enteró cuando sus hombres ingresaron al campo. Todo lo contrario sucedió con la hinchada que se ubicó al frente. Utilizó pirotecnia, bombas de humo, banderas y un coro de gargantas ásperas para salir airoso del duelo de barras. Claro que este triunfo no sirvió de nada.
La gente estaba tan concentrada en la lucha de 30 hombres que muy pocos se enteraron o se molestaron porque la lluvia dijo presente en el momento mismo que se inició el encuentro. No sólo no paró, sino que molestó durante todo el partido. Muy pocos se animaron a mantener abiertos los paraguas, ya que más de uno se ligó un insulto por tapar el campo visual. El agua también arruinó los peinados y la ropa de aquellas jóvenes que fueron muy bien producidas a la cancha. Las únicas que estuvieron contentas fueron las chicas de hockey que vendieron litros y litros de café.
El apasionante final silenció a todos. Las emociones corrieron de una tribuna a otra en cuestión de segundos. Ninguna de las dos barras se atrevió a festejar, ni tampoco se animó a apostar ni una moneda de 10 centavos para saber cuál daría la vuelta olímpica. Al final, la suerte les sonrió a los "benjamines" que, recién después de varios minutos de haber terminado el emocionante encuentro, se animaron a celebrar en serio.
La ansiedad se apoderó de los fanáticos que, por rogar un triunfo de su equipo, hasta se olvidaron de las incomodidades propias de una cancha que resultó chica para la cantidad de público que asistió. Y si de descuidos se trata, la barra del parque 9 de Julio se llevó un título especial: ni se enteró cuando sus hombres ingresaron al campo. Todo lo contrario sucedió con la hinchada que se ubicó al frente. Utilizó pirotecnia, bombas de humo, banderas y un coro de gargantas ásperas para salir airoso del duelo de barras. Claro que este triunfo no sirvió de nada.
La gente estaba tan concentrada en la lucha de 30 hombres que muy pocos se enteraron o se molestaron porque la lluvia dijo presente en el momento mismo que se inició el encuentro. No sólo no paró, sino que molestó durante todo el partido. Muy pocos se animaron a mantener abiertos los paraguas, ya que más de uno se ligó un insulto por tapar el campo visual. El agua también arruinó los peinados y la ropa de aquellas jóvenes que fueron muy bien producidas a la cancha. Las únicas que estuvieron contentas fueron las chicas de hockey que vendieron litros y litros de café.
El apasionante final silenció a todos. Las emociones corrieron de una tribuna a otra en cuestión de segundos. Ninguna de las dos barras se atrevió a festejar, ni tampoco se animó a apostar ni una moneda de 10 centavos para saber cuál daría la vuelta olímpica. Al final, la suerte les sonrió a los "benjamines" que, recién después de varios minutos de haber terminado el emocionante encuentro, se animaron a celebrar en serio.








