El MISMO NOMBRE. Don Mario vive en San Antonio Norte, Santiago del Estero; es productor caprino y se llama igual que el ex comisario tucumano.
Su robusta silueta se mezcla a contraluz entre las tuscas santiagueñas. Como un centinela, su mirada permanece estática ante el rebaño. Él está entregado a ella. Suavemente, pero con firmeza, la sostiene entre sus ásperas manos. Apoyada en su hombro, la Brenta de un solo caño cargada con municiones del 16 espera la señal. Con sigilo, LA GACETA se acerca. El reportero gráfico espera el momento preciso para gatillar. El hombre no se inmuta. Solo espera. Es nuestra cámara o su escopeta. Es la hora sin sombra. El tiempo se muere. El hombre realiza un leve movimiento. Nos separan unos cuantos pasos. Ya es demasiado tarde para él. Mario Ferreyra, el malevo de los cabritos perdió el improvisado duelo y quedó inmortalizado al ingresar como un rayo por el obturador de la Canon.
Mario Ferreyra no viste camisa negra ni tampoco usa sombrero de cowboy. Su cabeza esta cubierta por una gorra vieja y rota color bordó, con la insignia de la casa que vende hamburguesas en todo el mundo. Tampoco usa un látigo. Su función es otra. Desde que nació, su vida en San Antonio Norte -paraje ubicado entre Las Termas de Río Hondo y la capital de Santiago- tiene un único sentido: cuidar de sol a sol su producción de cabras, las que año tras año son sacrificadas. Se calcula que más de dos millones de cabezas son entregadas anualmente a Baco, el dios del vino y también del placer y del esparcimiento termeño.
Don Mario se levanta de la piedra donde descansaba y suelta -por suerte- una sonrisa amigable. "¡Hola, de dóndes son ustedes!", saluda con una inconfundible tonada que, si pudiera olerse, seguramente derramaría el fresco perfume del mistol. Rápidamente le contamos que formamos parte de un equipo periodístico de LA GACETA y que nos había llamado la atención -desde la ruta- la cantidad de cabras y cabritos que lo acompañaban.
Don Mario es uno de los centenares de pequeños productores caprinos que hay en la vecina provincia. Relata que se dedica a la actividad desde que nació. Don Mario tampoco es El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, pero su tarea es similar. Como el pequeño que habita en asteroide B 612 y todos los días debía cuidar su rosa, podar los baobas y apagar volcanes, Don Mario se levanta a las 6 de la mañana los 365 días del año. Alimenta a las 106 cabezas de ganado, les da de beber y acompaña a las cabras más grandes en una agobiante caminata de dos horas, en busca de la hierba más verde. Al mediodía almuerza y a la tarde repite el mismo ritual. El Principito no se puede descuidar; Don Mario tampoco. Cuenta que una vez escuchó un disparo a lo lejos y que había impactado en una de sus cabritas. "Me acerque y les grité a unos tipos que andaban en una camioneta: ¡che y a vos qué te pasa. Pero cómo me vas a matar así a mi cabrito! Uno de ellos me quiso dar plata y io les he dicho que se mandaran a mudar. No les tuve miedo, eso que estaba sin mi escopeta. Levanté a mi cabrito muerto y me fui". Su sus ojos se mojan un poco. El recuerdo lo amarga. No parece que hablara de un animal.
Desde esa vez, Don Mario custodia con su arma en la mano la producción caprina que le asegura el sustento desde hace 64 años. "Nosotros somos trecitos. Mi esposa y mi hijo que me ayuda también. Tenemos en el fondo un estanque que armamos nosotros para que los animales tomen agua. Los criamos y los vendemos", expresa con orgullo.
Se despide con un fuerte apretón de manos y nos invita a regresar alguna vez. Nos alejamos. Su escopeta regresa a su hombro y su mirada se clava en el rebaño.
A lo lejos, el incipiente sonido de un cencerro se mezcla con el grito de un caburé. Don Mario, el malevo de los cabritos y cabrones se pierde entre las tuscas. El trabajo lo espera.
Mario Ferreyra no viste camisa negra ni tampoco usa sombrero de cowboy. Su cabeza esta cubierta por una gorra vieja y rota color bordó, con la insignia de la casa que vende hamburguesas en todo el mundo. Tampoco usa un látigo. Su función es otra. Desde que nació, su vida en San Antonio Norte -paraje ubicado entre Las Termas de Río Hondo y la capital de Santiago- tiene un único sentido: cuidar de sol a sol su producción de cabras, las que año tras año son sacrificadas. Se calcula que más de dos millones de cabezas son entregadas anualmente a Baco, el dios del vino y también del placer y del esparcimiento termeño.
Don Mario se levanta de la piedra donde descansaba y suelta -por suerte- una sonrisa amigable. "¡Hola, de dóndes son ustedes!", saluda con una inconfundible tonada que, si pudiera olerse, seguramente derramaría el fresco perfume del mistol. Rápidamente le contamos que formamos parte de un equipo periodístico de LA GACETA y que nos había llamado la atención -desde la ruta- la cantidad de cabras y cabritos que lo acompañaban.
Don Mario es uno de los centenares de pequeños productores caprinos que hay en la vecina provincia. Relata que se dedica a la actividad desde que nació. Don Mario tampoco es El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, pero su tarea es similar. Como el pequeño que habita en asteroide B 612 y todos los días debía cuidar su rosa, podar los baobas y apagar volcanes, Don Mario se levanta a las 6 de la mañana los 365 días del año. Alimenta a las 106 cabezas de ganado, les da de beber y acompaña a las cabras más grandes en una agobiante caminata de dos horas, en busca de la hierba más verde. Al mediodía almuerza y a la tarde repite el mismo ritual. El Principito no se puede descuidar; Don Mario tampoco. Cuenta que una vez escuchó un disparo a lo lejos y que había impactado en una de sus cabritas. "Me acerque y les grité a unos tipos que andaban en una camioneta: ¡che y a vos qué te pasa. Pero cómo me vas a matar así a mi cabrito! Uno de ellos me quiso dar plata y io les he dicho que se mandaran a mudar. No les tuve miedo, eso que estaba sin mi escopeta. Levanté a mi cabrito muerto y me fui". Su sus ojos se mojan un poco. El recuerdo lo amarga. No parece que hablara de un animal.
Desde esa vez, Don Mario custodia con su arma en la mano la producción caprina que le asegura el sustento desde hace 64 años. "Nosotros somos trecitos. Mi esposa y mi hijo que me ayuda también. Tenemos en el fondo un estanque que armamos nosotros para que los animales tomen agua. Los criamos y los vendemos", expresa con orgullo.
Se despide con un fuerte apretón de manos y nos invita a regresar alguna vez. Nos alejamos. Su escopeta regresa a su hombro y su mirada se clava en el rebaño.
A lo lejos, el incipiente sonido de un cencerro se mezcla con el grito de un caburé. Don Mario, el malevo de los cabritos y cabrones se pierde entre las tuscas. El trabajo lo espera.








