Dos horas y 40 minutos bajo la aplanadora

Divididos ofreció un recital completo y extenso. Casi 5.000 fans saltaron sin parar en el Central Códoba.

DE A TRES, COMO SIEMPRE. Mollo, Ciavarella y Arnedo descargaron toda su potencia en un show impecable. LA GACETA / FOTOS DE INéS QUINTEROS ORIO
DE A TRES, COMO SIEMPRE. Mollo, Ciavarella y Arnedo descargaron toda su potencia en un show impecable. LA GACETA / FOTOS DE INéS QUINTEROS ORIO
13 Mayo 2012
Divididos nos ofrece siempre una inyección intravenosa de energía, emoción y locura. Una serie de rituales explican la profunda relación entre el trío y su público. No hay que esperar en los shows grandes novedades, a menos que estén presentando un disco. Y el del viernes no fue el caso, porque "Amapola del 66", su último álbum, ya fue escuchado en vivo en diciembre de 2010, también en el club Central Córdoba. Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella son animales de costumbres que suelen caminar sobre seguro, aún cuando tengan que improvisar.

Los temas son los de siempre. Estuvieron casi todos los de "Amapola...", y los infaltables (todos) de más de 20 años de pogos, incluyendo algo de Sumo, el juego de Mollo con la zapatilla para tocar "Voodoo Chile" de Jimi Hendrix, el "Vientito de Tucumán" y "El arriero" de Atahualpa Yupanqui... Rituales y costumbres que se espera que se cumplan.

Los tres, junto a asistentes y técnicos, llegaron a Tucumán un día antes. Probaron sonido durante más de tres horas, hicieron todos los ajustes necesarios con antelación, descansaron cuanto pudieron (compartieron el hotel con el plantel de River, y quedaron un poco aturdidos por los cantitos de los hinchas en la vereda) y disfrutaron las empanadas de un local de Yerba Buena con nombre de famosa escultora.

Obsesivos y responsables, despotricaron por la mala costumbre de muchos tucumanos (no es excluyente) de llegar siempre tarde, aún al lugar al que habían pagado para asistir.

Por eso, 40 minutos después del horario anunciado, Mollo subió al escenario con la mochila al hombro, pidió disculpas y empezó a tocar mientras llamaba a sus compañeros.

Unos minutos antes, como para apurar, el violero había hecho un estruendoso riff con su guitarra, saludó a quienes ocupaban la mitad del campo de juego del club, y pidió que se apuraran para entrar (finalmente el lugar se colmó). Eso llevó a muchos a intentar ingresar por la fuerza; hubo algunos empujones en la puerta. Nada más.

Lujo tucumano

La perfección de la pared de sonido a la que Divididos nos acostumbró tuvo sólo un pequeño quiebre, que fue tolerable y perdonable. A mitad del show, en el momento de relajación, invitaron a los tucumanos Lucho Hoyos (guitarra y voz), Manuel Sija (violín) y Emanuel Agüero (bombo) a tocar con ellos "La flor azul", chacarera de Mario Arnedo Gallo (padre de Diego) que grabaron en su último disco. La cerrada ovación con la que Lucho fue recibido y despedido logró que los problemas técnicos pasaran inadvertidos.

La salvaje intensidad del batir de parches de Catriel, el histrionismo de Ricardo y la contundente exactitud de Diego pegó como una patada entre las cejas. La peluca voló y hasta los ex legisladores Roberto Palina (tuiteó todo el show) y Juan Siviardo Gutiérrez saltaron en pogo en el VIP junto al subsecretario de Extensión de la UNT, Raúl Cervantes.

El VIP... Un recital de Divididos no debería ser visto de sentado, y sólo haber ido con un niño justifica semejante actitud anti-rock (Fidel, de 8 años, resultó la excusa perfecta para descansar un poco). Porque este trío hace recordar que el rock, cuando entró en la sangre, no sale más.

Basta de adjetivar, no pueden encontrarse palabras para explicar lo que pasa en las cabezas y los corazones de quienes se ubican frente al escenario cuando sube Divididos. Por eso, dos horas y 40 minutos de show fueron suficientes. Aunque muchos hubieran aceptado de buen grado un poco más.

Los bueno de acompañar a debutantes espectadores es que después de una experiencia así no hace falta tratar de explicar el mote de "aplanadora del rock".

Al terminar el recital de Divididos la inyección debe ser intramuscular, porque el objetivo es tratar de recuperar la motricidad fina y el equilibrio para salir del club, todavía con un zumbido en los oídos y la peluca torcida. Así quedarán nuevamente los corazones si se concreta la visita, el 17 de agosto, de una de las insignias de nuestro rock, entero después de la resurrección. A esperar entonces.

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