La marcha indígena tuvo un arribo triunfal
La protesta se instaló en La Paz, con un fuerte apoyo popular luego de dos meses de caminata; el Gobierno busca abrir canales de diálogo. El alcalde de la capital, un opositor al Presidente, les dio las llaves de la ciudad. Morales vuelve a defender la construcción de la ruta
EN LA PLAZA MAYOR. Miles de marchistas y grupos manifestantes que apoyaron su causa ocuparon una de las plazas principales de la capital de Bolivia. REUTERS
Marcharon desde hace dos meses. Sufrieron muertes entre sus filas y represión policial. Llegaron caminando desde el llano del centro del país y debieron superar los 4.200 metros sobre el nivel del mar, lo que agudizó algunos problemas de salud, especialmente entre los menores y los ancianos (más de una docena debieron ser internados). Cansados, con hambre y con frío, tuvieron una entrada triunfal (así la llamó el jefe de la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia, Adolfo Chávez), para reclamarle al presidente, Evo Morales, que deje de lado el proyecto de construir una ruta por medio del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis).
Los manifestantes indígenas y ecologistas (los dirigentes de partidos opositores no aparecen en primera fila, pero participan de cada movimiento) llegaron ayer en medio de fuertes medidas de seguridad para prevenir incidentes.
Ocurre que este tema es debate nacional, mucho más fuerte que la votación por los jueces del domingo. En general, hay un mayoritario apoyo popular a la protesta, magnificado por el rol de víctima que les cupo a partir del desmedido accionar de la Policía, el mes pasado.
Pero este respaldo no se traduce en la caída libre de Morales; por el contrario, muchos de quienes avalan a los caminantes (como colectivos de artesanos y diferentes organizaciones gremiales y sociales) lo hacen sin restarle apoyo al propio Presidente, una contradicción compleja de entender.
Para estos sectores, sumarse al reclamo del Tipnis es una forma de presionar a Morales para que profundice su política social en vez de hacer crecer a la oposición, como se denuncia desde el Gobierno. Lo real es que las contradicciones abundan en un momento de alta volatilidad en un país caracterizado por posiciones ideológicas irreductibles.
El punto de llegada a La Paz fue el espacio seco (sólo de cemento y sin árboles) llamado plaza Mayor o de los Héroes, justo a las puertas de entrada de la histórica Basílica de San Francisco, de cuatro siglos (el actual edificio fue terminado en 1753) y con un marcado estilo barroco mestizo, donde los líderes de la marcha dieron sus discursos y se ofició una misa. En el atrio suelen hacerse concentraciones y hasta conferencias de prensa de referentes de la oposición de derecha. Allí, ayer el alcalde de La Paz, el opositor Luis Revilla (Movimiento Sin Miedo), les dio a los marchistas las llaves de la ciudad, como se hace con los visitantes ilustres.
Esta protesta tiene nervioso al Gobierno. El mandatario rechazó los argumentos de quienes marchaban y contraatacó: "el debate no es desarrollo o ecología, sino la pobreza de nuestros hermanos".
En un pizarrón, describió el proyecto, y resaltó que, como la mayor parte de la ruta ya está construida, sólo hace falta desmontar un tramo de 60 kms de extensión, como máximo. "Esto significa deforestar 180 hectáreas por única vez, cuando en el oriente del país cada año se deforestan 200.000 hectáreas. ¿Dónde están los ecologistas?. En 5 o 10 años, los hermanos indígenas van a declarar enemigos a quienes se oponían a la carretera", dijo. El cierre del mandatario estuvo teñido de críticas a sus antecesores: "llegué al Palacio no para robar sino para servir; creo en la conciencia del pueblo boliviano y en su dignidad".
Ayer, mientras los marchistas caminaban hacia el palacio presidencial, Morales encabezaba una reunión de gabinete para definir los próximos pasos y abrir canales de diálogo eficientes para superar una crisis que nunca debió haberse producido. Desde una posición de gran fortaleza producto de haber reunido a más de 12.000 personas (según los organizadores), los marchistas le exigen que vete el llamado a un plebiscito sobre si se construye o no la ruta, como paso previo a un eventual encuentro.
Los manifestantes indígenas y ecologistas (los dirigentes de partidos opositores no aparecen en primera fila, pero participan de cada movimiento) llegaron ayer en medio de fuertes medidas de seguridad para prevenir incidentes.
Ocurre que este tema es debate nacional, mucho más fuerte que la votación por los jueces del domingo. En general, hay un mayoritario apoyo popular a la protesta, magnificado por el rol de víctima que les cupo a partir del desmedido accionar de la Policía, el mes pasado.
Pero este respaldo no se traduce en la caída libre de Morales; por el contrario, muchos de quienes avalan a los caminantes (como colectivos de artesanos y diferentes organizaciones gremiales y sociales) lo hacen sin restarle apoyo al propio Presidente, una contradicción compleja de entender.
Para estos sectores, sumarse al reclamo del Tipnis es una forma de presionar a Morales para que profundice su política social en vez de hacer crecer a la oposición, como se denuncia desde el Gobierno. Lo real es que las contradicciones abundan en un momento de alta volatilidad en un país caracterizado por posiciones ideológicas irreductibles.
El punto de llegada a La Paz fue el espacio seco (sólo de cemento y sin árboles) llamado plaza Mayor o de los Héroes, justo a las puertas de entrada de la histórica Basílica de San Francisco, de cuatro siglos (el actual edificio fue terminado en 1753) y con un marcado estilo barroco mestizo, donde los líderes de la marcha dieron sus discursos y se ofició una misa. En el atrio suelen hacerse concentraciones y hasta conferencias de prensa de referentes de la oposición de derecha. Allí, ayer el alcalde de La Paz, el opositor Luis Revilla (Movimiento Sin Miedo), les dio a los marchistas las llaves de la ciudad, como se hace con los visitantes ilustres.
Esta protesta tiene nervioso al Gobierno. El mandatario rechazó los argumentos de quienes marchaban y contraatacó: "el debate no es desarrollo o ecología, sino la pobreza de nuestros hermanos".
En un pizarrón, describió el proyecto, y resaltó que, como la mayor parte de la ruta ya está construida, sólo hace falta desmontar un tramo de 60 kms de extensión, como máximo. "Esto significa deforestar 180 hectáreas por única vez, cuando en el oriente del país cada año se deforestan 200.000 hectáreas. ¿Dónde están los ecologistas?. En 5 o 10 años, los hermanos indígenas van a declarar enemigos a quienes se oponían a la carretera", dijo. El cierre del mandatario estuvo teñido de críticas a sus antecesores: "llegué al Palacio no para robar sino para servir; creo en la conciencia del pueblo boliviano y en su dignidad".
Ayer, mientras los marchistas caminaban hacia el palacio presidencial, Morales encabezaba una reunión de gabinete para definir los próximos pasos y abrir canales de diálogo eficientes para superar una crisis que nunca debió haberse producido. Desde una posición de gran fortaleza producto de haber reunido a más de 12.000 personas (según los organizadores), los marchistas le exigen que vete el llamado a un plebiscito sobre si se construye o no la ruta, como paso previo a un eventual encuentro.








