El horno y el muro

El recorrido de un escritor tucumano por Berlín y por Oranienburg, a la búsqueda de los restos todavía identificables del infierno nazi. Por Fabián Soberón - para LA GACETA - Berlín.

03 Julio 2011
Martin llega a horario, en contra de la costumbre. María lo conoce desde hace muchos años y no acierta cuando se anticipa y dice que Martin no estará en la estación a las 16.
Nos bajamos en una parada de Berlín del Este. Martin me estira la mano y baja la cabeza, en señal de bienvenida. Es alto, delgado y risueño. Su cabello enrulado es negro, en contra de mi prejuicio, y habla todas las lenguas europeas. Ni bien lo miro, muestra sus dientes. Está contento de ver a María. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez. Ella le habla de mí y entonces levanto la mano y digo algo en inglés. Martin es un políglota involuntario. Ha nacido en un pueblo alemán, ha vivido en el sur de Francia, en Gotemburgo, y maneja el inglés como si fuera un yanqui. Pero no habla español. Me dice algo en alemán y yo me sonrío, alelado, extranjero, sin saber qué responder. Martin toma su bicicleta y subimos la escalera lenta, con los escalones gastados, y pienso en los soldados alemanes que pisaron esos escalones cuando advierto, casi dormido, que llegamos a la superficie. Caminamos por la vereda derruida y atravesamos el antiguo matadero del barrio donde vive Martin. Los pastos altos y desordenados, las erupciones del cemento y los árboles con las ramas secas, los edificios despojados y manchados me recuerdan que estoy en el Este.
Estoy desesperado. He aguardado 30 años. La ciudad es un enigma que me persigue desde la infancia. No sé qué pasó aquí. No sé cómo pudieron los alemanes elegir a Hitler. No sé cómo pudieron construir el campo de Sachsenhausen. No sé cómo vino después el muro de alambres y los policías fronterizos y los tiros de sangre en el río Spree. Pero ahora reacciono al llamado de María y dejo la taza caliente sobre la mesa pequeña. Salimos a la calle. Después de unos 20 minutos en el subte nos bajamos en la Plaza de Postdam. Los edificios enormes, avasallantes, los cristales infinitos, las ventanas infinitas me erizan la piel. Le toco el hombro a Martin y él se ríe como si estuviera habituado al abandono del Este y a la opulencia del Oeste. En la Plaza de Postdam estuvo el muro, a unos metros de aquí estuvo el buró de Hitler; cerca de aquí está la puerta de Brandenburgo, esa masa monstruosa que divide la ciudad y que enciende los ojos cuando las luces nocturnas invaden la rosada avenida de los tilos.
Avanzamos y llegamos a un fragmento de muro. Una idea me ataca como un martillo monótono: pienso en los muchos que intentaron cruzar. Recuerdo la foto del policía que saltó la alambrada. Tengo la escena: el policía acomoda los alambres, al descuido. Tiene una actitud extraña: ¿quién quiere tocar los alambres de púas del muro? El policía los acaricia y luego toma distancia y salta. En el aire, mientras piensa en la huida, en los otros soldados que pueden tirar y matarlo, se le cae la pistola. Y el ruido de la caída es una explosión tenue que atraviesa la historia. Al segundo él ya está en el oeste y a salvo. Es una cifra de todos los fugitivos del muro.

El campo
Al mediodía tomamos el tren para Oranienburg. Poco a poco se pierden los edificios y la foresta invade las vías solitarias. En los suburbios subimos a un ómnibus. Nos deja en la puerta. Cuando entramos al museo, el silencio es un mar imponente. Miro un plano geométrico del campo. No me dice nada. El predio es un inmenso rectángulo aislado, casi vacío. Apenas se divisan dos galpones: son la cocina y el lavadero. Empiezo a escuchar las voces agudas de los fantasmas y camino como un sonámbulo. Nunca pensé en ver un campo de concentración. Pero ahora estoy en el centro. Y siento el huracán de fuego del pasado. Miro hacia todas las direcciones. Con la excepción de los galpones, no hay nada. Los nazis borraron todas las evidencias. Y los soviéticos hicieron el resto.
Después de cruzar una pared veo una fosa aséptica y desgarbada. Escucho la pesada huella de la carretilla: los huesos crujen y las ruedas astillan el cemento. Con ese eco fantasmático, paso el umbral alto y veo el resto de un horno.  Pienso: alguna vez quemaron a miles de cuerpos muertos. Es el infierno: siento el olor abrazador, veo los kilos de cenizas amontonados como fardos de heno, escucho los alaridos agonizantes antes del fusilamiento.
Salimos del campo y me olvido. Cuando subo al avión que me lleva de vuelta a Gotemburgo, las preguntas se clavan como dagas: ¿por qué el odio absoluto? ¿Olvidaré alguna vez los hierros del horno? ¿Aún guarda en su seno el Spree la sangre de los que no pudieron huir? © LA GACETA

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